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Tótem

Una calle madrileña con nombre de una planta y de un antiguo apellido castellano, un tótem singular ampara. Por Bozhana Stoeva.

Bozhana Stoeva es experta en ciencia política y relaciones internacionales, gestión e internalización de empresas.

Una calle madrileña con nombre de una planta y de un antiguo apellido castellano, un tótem singular ampara. Una escalera cubierta de alfombra negra precede o sucede la esquina con la calle adyacente. Los peldaños rozan la acera. El paso a un portal acristalado abren. A un sitio discreto se accede.

Dos grandes puertas personalizan la entrada. Delimitan la frontera entre el exterior y el interior. La luz diáfana provoca la curiosidad. Incita a dar unos pasos atrás en un intento de visualizar mejor el edificio en perspectiva. La mirada se desliza por las fachadas concentrada en averiguar lo que aquel recinto ocultaría.

Letras negras en un fondo blanco el distintivo del lugar insinúan. Asemeja la sede de una sociedad secreta. Guarda un secreto insecreto. Miembros fijos no tiene. Afiliación estricta no exige. A los interesados admite y despide. Un tótem inhabitual a los convidados une y reúne.

Un tótem sin ser un tótem. Un objeto no sería. Un animal mitológico no representaría. La leyenda de una tribu no contaría. Descifrar el enigma, adentrarse en aquel tótem se recomienda.

Si con determinación la puerta se tira, nadie al visitante detendría. Si vacila un instante, alguien se le acercaría. Le indicaría adónde dirigirse o dónde lo atenderían.

El vestíbulo ubica la recepción. Recibe con una seriedad sigilosa y colores neutros. Se percibe un lujo mesurado. Lo acentúa el contraste clásico entre el negro y el blanco, el verde y el marrón.

Una escalera lateral con discreción separa el recibidor y la sala recóndita. A un área restringida conduce. Caracolea hacia arriba y hacia abajo, redondea las esquinas. La madera cruje bajo los pies al unísono con el ritmo de pisar los peldaños. El color claro de los escalones dulcifica la sobriedad de la antesala. Ablanda la formalidad. Conecta y desconecta dos partes diferentes del lugar cuyo tótem une una tribu singular.

Aquella escalinata descanso no conoce. La intimidad residencial de los inquilinos huidizos protege. Enmudece los secretos diurnos y nocturnos del edificio. Una luz la ilumina en la oscuridad de la noche. Algunos habitantes en busca de aislamiento personal por los peldaños se repantigan. A otros los rellanos acobijan. Conversan por teléfono a solas o mantienen charlas largas a modo de despedida antes de retirarse a sus aposentos particulares. De día fotógrafos y modelos se apoderan de las gradas. Las sesiones de fotos y los rodajes comienzan a una hora puntual y acaban cuando acaban.

En el vestíbulo miembros entran y salen, se sonríen y saludan, con amabilidad o indiferencia se cruzan. Se conocen, reconocen o desconocen. La orientación intuitiva al fondo dirige. Con una vivacidad distendida suaviza la sobriedad. Sin contrarrestar se complementan. El suelo de madera desgastada de pisarla tanto musita lo que el palacete fue y lo que preserva. El amplio salón, que en una saleta de reposo y de reuniones se ha transformado, alberga el bar. Placentera la cotidianidad de los cotidianos hace. Un rato de descanso ofrece a quienes se detienen. Cuando no acompañado alguien se sienta, la soledad en compañía se trasforma.

A primera hora de la mañana el espacio agazapado entre los contrastes del recibidor sobrio y el fondo relajado seduce con los sillones y los sofás de colores delicados. Los tonos pálidos y discretos hacen juego con las tonalidades de las paredes. Los muebles rodean las mesitas en un orden imperfecto en el cual los visitantes el entorno observan, mientras la intimidad resguardan. Desde la barra llega el traqueteo de las tazas y los platos. Se preparan a servir las bebidas calientes y agradar la mañana con aromas a café y té.

Cuando aún demasiado pronto es para el café de los sillones coloridos, una puerta abierta sugiere empujarla. Sugiere a acomodarse entre las esquinas que juntan y dividen aquella extensión adicional. Una atmósfera agradable a los madrugadores refugiaría, sin el desayuno y la preferible bebida matutina a nadie dejaría.

Nada sobra, nada falta. Si falta, no se nota.

Las velitas encendidas en las mesitas acogen y acogedor el ambiente hacen. No desprenden un olor perturbador, no imponen esencias densas y cargadas. La llama brilla. El brillo agrada la conversación, acompaña a quienes la mirada en la pantalla de un portátil mantienen fija.

Flores tímidas presencia añaden. La mano de alguien se extiende hacia el florero. El roce de las hojitas verdes provoca una sonrisa. Con cuidado los dedos se acercan a los pétalos. Las dudas se dispersan. ¡Flores vivas son!

Las florecitas una conversación con su silencio entablan. Al contemplarlas, desvelarían las estaciones y las temporadas de la ciudad. Se emprendería una ruta de flores y colores. Y con una puntualidad impecable, la Flor de Pascua marca los inicios. Con el rojo denso y el verde oscuro despide un año y recibe un año.

Personas y personas se suceden por las mañanas, las tardes y las noches. Los comensales, los visitantes habituales, las reuniones que se inician y se terminan. Cuando no se encuentre a uno de los habituales, se echa de menos la presencia del desconocido de cara conocida.

Un rato de descanso y desconexión en aquel lugar los convidados encuentran. Algunos, al coincidir en otras ocasiones, se reconocen y saludan. Otros entran con una cierta inseguridad mientras con la mirada buscan a la persona que los ha citado. A la hora del aperitivo recibe a damas elegantes que viven en el barrio o de una oficina han salido. La noción del tiempo pierden entre charlas entretenidas y cotilleos inofensivos. De buenas a primeras aparece gente con la ropa de andar por casa. Complicarse la mañana con los atavíos inútil les resultaría.

Entre semana predominan las vestimentas más formales. El protocolo se relaja los fines de semanas. Con frecuencia vienen grupos de amigas a compartir el desayuno que más bien en un brunch consiste. Hablan de compras, vivencias y viajes compartidos. Desaparecen las caras concentradas, los trajes masculinos se reemplazan por los vaqueros, las camisas se liberan de las corbatas. Madres con niños de la tranquilidad dominical disfrutan. Dejan corretear a los traviesos despreocupadas de sus travesuras. Mientras con los juegos los pequeños se entretienen, ellas a conversaciones largas se entregan. Se deleitan en probar cócteles de sabores naturales, bebidas exóticas e infusiones tonificantes. Degustan canapés y comida saludable. Se atreven a desafiar la tiranía de la dieta restrictiva, por los postres se decantan.

Los días se suceden, en meses se convierten. Las estaciones se turnan. Las personas vienen, se van, vuelven. Les conecta el lugar detrás de cuyo nombre un enigma se esconde.

El sonido de un mensaje distrajo el silencio. Ella se fijó en la pantalla del móvil.

“¡Hola! ¿Me podrías decir el nombre del sitio donde quedamos una vez a tomar un café? ¿Te acuerdas? Aquel lugar que me ensañaste… Me gustó mucho”.

Ella pospuso la respuesta. Observó el entorno, se fijó en las personas que la rodeaban. Conocidos o desconocidos algo en común comparten. Un espacio de encuentros y desencuentros, de idas y venidas, de reuniones y conversaciones, de descanso y pláticas relajadas. Adentro un tótem los vincula. Un tótem imperceptible perceptible. Lo moldean preferencias particulares y gustos coincididos. Complementa la cotidianidad de un barrio exclusivo con carácter y estilo propio.

Ella se levantó. Se despidió con una sonrisa de los vecinos de sofá y mesa. Se dirigió a la puerta. Afuera el tráfico callejero se había volcado a la rutina mundana. Unos entran y salen de las tiendas, otros ajetreados caminan por las aceras opuestas. Los porteros a la calle se asoman deseosos de cruzarse con alguien conocido. Agradecen cualquier charla o pregunta ocasional que acelere las flechas del reloj y les haga el rato llevadero. Se distingue quienes la ciudad habitan o de tránsito transitan.

Las sombras de los transeúntes se enlazan y solapan, acercan y alejan. Entre ellas, al antojo de Almudena Grande, emergen los pacientes del Doctor García que a su casa van a pedirle ayuda. Él, Guillermo García, el médico inquieto y exhausto de los acontecimientos y las atrocidades de una guerra civil, la puerta de un portal empuja y adentro se adentra.

Las calles se precipitan a contar la historia del barrio. A través de sus nombres un recorrido por las bellas artes y la literatura española ofrecen. Conectan el ahora con el entonces cuando la Puerta de Alcalá los confines de la ciudad delimitaba y ningún lujo suscitaba. Marcan lo exclusivo del presente y redirigen a los museos donde las obras de aquellos cuyos apellidos orientaciones callejeras proporcionan en amplias salas están expuestas. Definen el carácter de un privilegiado barrio de Madrid. Burgués y exclusivo por antonomasia.

El barrio de Salamanca. Cuántos serían, pocos o muchos, aquellos que en la trampa caerían. Con la ciudad de Salamanca lo relacionarían. Tardarían en comprender que ensalza a quien lo mandó construir, el empresario y político español José de Salamanca y Mayol, I Marqués de Salamanca.

Ella se detuvo en la escalera cubierta de alfombra negra. Reparó en el nombre de la calle en la cual se encontraba. Quizás nunca se sepa con exactitud a quién de los dos Hermosilla honraron, al arquitecto José Hermosilla o al filósofo José Marmeto Gómez Hermosilla. La casualidad de la coincidencia permite los apellidos abreviar y en uno sólo convertirlos, alabando la labor de los dos en una misma placa.

La calle de Lagasca que esquina hace otra clave oculta. Dividir el apelativo en dos, el nombre del botánico Mariano La Gasca y Segura emergería. Cuando un día cualquiera el Jardín Botánico se visite, se acordaría de que Mariano La Gasca uno de sus directores fue.

El día avanzaba, las tareas reclamaban. Debería darse prisa. Desbloqueó el móvil. Tecleó la respuesta pospuesta.

“Tótem Hotel Madrid, calle de Hermosilla 23”, contestó Ella.