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Sofia no es nombre de mujer

“Vuelve a casa por Navidad”, sonaba el anuncio de un turrón. La conmovió como la primera vez cuando lo escuchó en una tienda. Por Bozhana Stoeva.

Bozhana Stoeva es experta en ciencia política y relaciones internacionales, gestión e internalización de empresas.

“Vuelve a casa por Navidad”, sonaba el anuncio de un turrón. La conmovió como la primera vez cuando lo escuchó en una tienda. La casualidad de la coincidencia la hizo sonreír. Ella misma volvía a casa por Navidad. Apagó la tele. Agarró la maleta grande que aguardaba en el pasillo. Con prisa cerró la puerta. El taxi esperaba abajo. Regresaba al lugar donde estaba el hogar que en ninguna parte del mundo tendría. La casa donde se vuelve a casa.

Sentada en el avión pensó en el lugar adonde retornaba cuando se sentía feliz y cuando el desánimo la atacaba. Un lugar para ella, en realidad la capital de un país. Un lugar o una ciudad, la percepción condicionaba la percepción. Se asomó a través de la ventanilla. El aterrizaje se aproximaba. Se avistaban los edificios y los monumentos, las calles y las avenidas. La oscuridad nocturna invadía las cercanías para retroceder ante las luces que iluminaban el centro. Resultaría imposible enumerar las veces que por estas calles había caminado. Mas no había sentido el impulso de hurgar en los embrujosdel lugar que la había visto crecer y al cual volvía a casa.

“¡Cuánto se desconoce lo que al alcance se tiene! La mirada con indiferencia desdeña el entorno.”, caviló Ella.

Conocía sin conocer aquella ciudad.

“Descubrirla desde adentro, cuesta conseguirlo. Sentirla, distancia se requiere. Con las emociones y las sensaciones de alguien de fuera ha de percibirse”, sentenció ensimismada Ella.

Evocó el pasado y regresó al presente. Se adentró en las callejuelas. Penetró en la monotonía y el ajetreo cotidiano. Se fijó en lo que no se había fijado.

Una ciudad tan pequeña como grande. Más desconocida, menos conocida. Se agazapa en una encrucijada de caminos. La conexión con el Oriente facilita. Del Sur al Norte, del Norte al Sur de los Balcanes las vías más cortas indica.

Los gustos cambiaban, los cambios el destino de la villa destinaban. Unos la veneraban y de su belleza presumían, otros la rechazaban y al desprecio condenaban. De la gloria y de la fama disfrutó. Al olvido  sucumbió.

A los tracios conoció y su cultura preservó. A los romanos sedujo con las abundantes aguas termales y las riquezas naturales. Los bizantinos la conquistaron y de sus tesoros se apoderaron. Los turcos la asimilaron y  del mapa mundial la borraron. Los búlgaros la recuperaron y los búlgaros la reavivaron.

Aquéllos que aquella tierra habitaron, nombres distintos le asignaron. La tribu tracia de los serdi a sus raíces la ligó, Sérdica la llamó. Un honor especial los romanos le brindaron. El Emperador Trajano su propio nombre le concedió, Ulpia Serdica, y Serdica la tierra denominó. Los bizantinos Triaditsa la nombraron. Un único nombre preservó. Una leyenda cuenta quién y cómo se lo concedió.

Sófia… Ella reparó en el nombre. Resumía la esencia de la ciudad. Ocultaba un juego de palabras. El acento contenía la clave. La pronunciación acentuaba la distinción, mientras suscitaba la importancia histórica del significado.

“Sofia… No es nombre de mujer”, musitó en la oscuridad. “Sabiduría de Dios significa”.

Una frase escueta el escudo ornamenta, la esencia del lugar suscita. “Crece y no envejece”, de ella se dice. A los tiempos se adapta, a un ritmo propio cambia. Los años y las temporadas a través de los edificios se asoman. Las huellas de un entonces y un ahora por las baldosas se proyectan. Perviven en los adoquines que aún se resisten a las intenciones de sustituirlos por lo moderno pasajero.

La montaña de Vitosha observa la capital. Facilita la orientación. La cotidianeidad semanal define. El bajar al centro acerca, el subir del centro aleja.

Los parques personalizan el núcleo central y las amplias periferias. Jardines de colores estacionales como unos oasis tientan a sentarse en un banco. En sitios menos esperados bosques frondosos emergen entre las manzanas que demarcan los barrios. Inevitable es estar de acuerdo con Claudio Magris quien en “El Danubio” como una ciudad verde Sofia eternizó.

Los edificios desvelan las épocas a las cuales pertenecen. Suscitan el poder y las preferencias de aquellos que los habitaban. Muchos de ellos serían obra mutua de arquitectos extranjeros y búlgaros.

El socialismo pondría el final de un esplendor y auge cultural apenas recuperados. Impondría visiones diversas. El modernismo debería camuflarse sin mencionar su nombre verdadero. Hasta que el destino volviese a cambiar de destino.

El Consejo de Ministros, la Presidencia, el Edificio del Partido Comunista, ahora parte del Parlamento, cierran un triángulo que une tres épocas consecutivas y opuestas. Los inquilinos se han ido sustituyendo, mas los tres obeliscos poderosos siguen representando y albergando los tres poderes de la República.

El cambio de los guardias en frente de la Presidencia es una obra de teatro. Provocan el deseo de vestir sus majestuosos trajes. Reflejan el gusto de las mujeres que siglos atrás los diseñaron y a los más valientes vistieron. Trajes que el Reino Búlgaro glorificaron, con el comunismo convivieron, la transición a la democracia acompañaron. A las preferencias y las doctrinas políticas se impusieron e intactos permanecieron.

El laberíntico paso subterráneo en frente de la Presidencia es un paseo entre culturas e imperios. Las baldosas que cubren el suelo resplandecen y asimilan espejos anormales. Se adentra en las ruinas de una ciudad importante del Imperio Romano. Si por una vía del laberinto subterráneo se desvía, se descubriría una iglesia escondida. Unas piedras antiguas delimitan sus confines. Encima de la puerta a la cual una escalerita conduce se lee “Iglesia de Santa Petka Samardzhiiska”. La única iglesia que los turcos respetaron. Consintieron que se quedase entre las dos grandes mezquitas de la villa. Un gesto particular hacia la fe cristiana. Y el Museo Arqueológico en la superficie el espectáculo complementa. Atrae no por el tamaño imponente, mas por mantener la estructura de la mezquita que alguna vez fue.

El Teatro Nacional evoca reminiscencias de Viena. La mirada se retiene en la escalera que abre el paso al edificio mayestático. La imaginación se traslada a un acto solemne.

El jardín con las fuentes en frente del Teatro Nacional es un paseo por el ajetreo, la tranquilidad y los estilos de la ciudad. Unos pasean, otros se sientan a tomar un café en las terrazas. Cuando no llueve o nieva, en días de sol o de frío, los jugadores de ajedrez juegan al ajedrez o buscan con quién echar una partida. Público nunca les falta. Personas no tan jóvenes y más jóvenes se unen y animan el juego. Un nombre merecidole han dado, el Jardín de la Ciudad.

Son varias las rutas que desde aquel jardín empiezan y a aquel jardín de vuelta llevan. En uno de sus extremos, el Palacio Real se eleva. Destaca sin presumir de dimensiones palaciegas. La suerte de Cenicienta tuvo. De un inatractivo edificio administrativo durante el Imperio Otomano se transformó en un palacio elegante. Mantiene una distancia respetuosa del entorno y marca el estatus diferencial. Un diminuto bosque de árboles altos lo bordea. Dibuja los límites ya inexistentes que de la privacidad de los reyes velaban. Aleja del ajetreo urbano sin alejar de los quehaceres diarios. Seduce a adentrarse en el bosque real, sentarse en un banco y escuchar lo que el ruido musita.

La Iglesia de San Nicolás el Milagroso, la Iglesia Rusa como más se le llama y más se le conoce, goza del privilegio de estar al lado del antiguo bosque-parque real. Por fuera grande y ostentosa, por dentro más humilde y pequeña. Mejor enterar y encender una velita. Al salir, se recomienda visitar la capilla del San Nicolásquien cumple los deseos. En un papelito lo anhelado se apunta. Se dobla. Se deposita en un buzón atípico. Y… A esperar. Paciencia, a menudo mucha paciencia se requiere. San Nicolás los secretos preserva. Los resultados no desvela.

Tres culturas en Sofia conviven. El privilegio exclusivo de una capitalmulticultural le conceden. La Catedral de Santa Dominga, la Mezquita y la Sinagoga el rincón de las tres culturas delimitan. Compañía el Baño Central les hace, aunque de Baño Central ya no hace. Las piscinas de aguas termales en salas de exposición se han transformado. Alojamiento al Museo Regional de Arte con generosidad han ofrecido.

Dos mercados centrales unen la diversidad. Uno abierto, el Mercado de la Mujeres y uno cerrado, el Mercado Central.

El Mercado Central (Tsentralni Hali) encarna el olfato de los arquitectos de combinar el pasado imborrable con el presente y el futuro. A su espalda una zona peatonal se diluye entre las callejuelas adyacentes. Predominan las tiendas de gusto colorido. De los escaparates se asoman vestidos de gala cubiertos de lentejuelas brillantes propicios para el vestuario de una bailarina de danzas orientales. Como si se hubiese llegado a un lugar del Oriente.

Callejeando en el Mercado de las Mujeres se adentra. Un universo aparte emerge. Puestos de frutas y verduras. Estancosexóticos de carne e intestinos. Tenderetes de zapatos y ropa interior. Tiendecitas de pan y productos lácteos, más modernos o menos pretenciosos. Floristerías. Cerámica. Utensilios de menajes. Zapatillas y pantuflas. Al gusto de los compradores y a medida de sus posibilidades. Cuando algo se necesite sin ganas de gastar demasiado, al Mercado de las Mujeres se aconseja acercarse.

El público es variopinto. Bienvenidos todos son. Mujeres, hombres, niños, niñas, bebés, extranjeros curiosos. Edades distintas. Al final del mercado, en el Puente de los Leones, dos leones custodian el río que atraviesa la capital y una amplia avenida vigilan.

Nada lejos la Estación Central de Ferrocarriles las llegadas recibe y las idas despide. El Mercado de las Mujeres complementa la atención a los pasajeros y asistencia especializada les facilita. A los viajeros de los  apuros salva. Hoteles singularescon nombres graciosos se ocupan de satisfacer a los pasajeros pasajeros. Ofrecen habitaciones por horas y servicios aparte. A la imaginación o la intuición se deja lo que incluyen e incluirán. Llamativo es que en sus puertas anuncios avisan. “Se busca personal administrativo. Inglés imprescindible”.

Cambiar de rumbo y volver hacia la montaña supondría recorrer la vía tan simbólica y concurrida de Sofia. La avenida de Vitosha. Váyase adónde se vaya, ineludible es no cruzarla. Aloja tiendas, cafeterías y restaurantes a gusto de todos los gustos. El lujo se mezcla con el estilo algo oriental que invoca reminiscencias de una serie turca en la cual los protagonistas se mueven entre dos universos paralelos.

Asomarse a la Plaza de Slaveikov habría sido un paseo entretenido entre libros. Hace no tanto los libros se han ido. Remodelada, la plaza vacía permanece. En un banco, dos personas conversan. Dos escritores búlgaros. Padre e hijo. Petko y Pencho Slaveikovi. La plaza con su apellido se apellida. Acomodarse a su lado y conocer algo de sus obras, se recomienda.

Al Palacio Nacional de la Cultura en algún momento se saldría. Autoritario al estilo soviético presume de un amplio parque. Recuerda los años cuando la hija del líder comunista quiso abrir el país al Occidente a través de la cultura y unió a los niños de todo el mundo.

Las cafeterías y los restaurantes más chic se escapan a la vista. Se ocultan entre las calles menos sospechadas o detrás de puertas casi inapercibidas. Lo más visible es donde menos lo local y lo exclusivo se encontrará.

Los olores irrepetibles son. Las calles como ningunas otras. Guardan algo de los hábitos del Oriente. Tiendecitas a pie de calle ofrecen productos y comida. Adentro no se adentra. A través del pequeño orificio de una ventana se tienden los deleites recién hechos. Mini supermercados peculiares se cobijan por debajo de las aceras. Sus escaparates acristalados se elevan a la superficie para que los transeúntes notasen la amplia gama de artículos. Productos variopintos emergen de la tierra y una cabeza desde dentro atiende a los clientes. Pedir y comprar, un único modo hay. Se ha de acuclillar e inclinarse a la abertura del cristal. Por lo cual klek shops se les llama y al menos una palabra en búlgaro enseñan.

Las estaciones vienen diferentes. Las primaveras aparecen verdes. Los veranos calorosos. El otoño colorido anuncia el fin del verano, prepara para el largo invierno. De las ventanas abiertas por las calles un olor otoñal a pimientos asados se dispersa. No molesta. Lo contrario. Entran ganas de comer los pimientos aliñados con aceite y vinagre. Y al devorarlos, coger un trozo de pan caliente y mojarlo en la salsa.

El invierno es a veces gris y triste, a veces un cuento de Hans Cristian Anderson asemeja. Los copos de nieve nublan el horizonte, las luces parpadean dibujando destellos serpenteantes por la superficie blanca.

“Cuando por Sofia se pasea, rutas no se siguen. Se deambula”, concluyó Ella. Fracasó en el intentó de describir todos los rincones de Sofia. Se rindió.

El avión se acercaba a la ciudad. Ella detuvo la mirada en la Plaza de la Asamblea Nacional entregada al silencio nocturno. Al anochecer los pasos de los últimos transeúntes resuenan por los adoquines amarillos. Unos se van a casa, otros se dirigen a los hoteles cercanos. Se distingue quién vive en la ciudad y quién de paso pasa. Las farolas iluminan las fachadas de la Asamblea Nacional como si compitiesen con el color amarillo del pavimento. Hacen un juego de tonalidades culebreantes y rayos dorados. Los adoquines brillan pulidos de tanto pisarlos. Quienes desean conocer cómo en un símbolo de la ciudad se convirtieron con placer lo contarían. Advertirían que en invierno con mucho cuidado por encima se debiera andar. Resbalan y trampa hacen sin previo aviso.

El Rey Libertador observa con firmeza la Asamblea Nacional. Monta a su caballo listo para lanzarse a una batalla. Fiel al deber asignado indica lo escrito en la entrada del Parlamento y recomienda no olvidarlo.

La cúpula dorada del templo de Alexander Nevski se yergue por encima de los monumentos ostentosos. A pocos pasos, la vecina diminuta, la Iglesia de Santa Sofia, hipnotiza con su silencio y modestia. La vista se retiene en la entrada del santuario en un intento de descubrir donde se encuentra el campanario si es que lo haya y el porqué no en la parte asignada para ello.

La Iglesia de Santa Sofia sugiere adentro detenerse. Una leyenda el silencio interrumpiría. Un misterio desvelaría. El misterio del nombre de Sofia.

En una metrópoli del inmenso Imperio Romano, un templo por encima del valle se erguía. Santa Sofia se llamaba. La Sabiduría de Dios veneraba, no a la mártir Sofía. A los fieles consuelo daba y esperanza inspiraba.

Ubicado en la parte más alta de la población cercano a todos permanecía. Si el santuario visitaban, otros compromisos en la urbe despachaban.  Cuando no lo visitaban, desde la lejanía lo contemplaban. Lo espiritual con lo cotidiano convivía.

“¿Adónde vas?”, se preguntaban.

“A la iglesia de Santa Sofia”, se respondían.

Demasiado larga la respuesta resultaba. Con menos palabras mejor se entendían. La conversación abreviaron.

“¿Adónde vas?”,  se saludaban.

“A Sofia”, con una escueta frase se contestaban.

La Iglesia de Santa Sofia con la localidad fusionaron. Sofia a la villa llamaron.

Y cuando un día cualquiera el camino a Sofia encamine, con una nota precautoria el periplo ha de comenzar.

Sofia… No es nombre de mujer.

P.S. A dos amiguitas quienes en un entonces por aquellas calles corrían, pirozhki y banichki en dos esquinas cercanas compraban y a gusto las comían. Y ahora en otra ciudad juntas caminan. Adriana Davidova, ¿nos reconoces? B.S.

Ognian Stefanov, gracias mil por dar imagen a las palabras. Más aun sabiendo lo que cuesta percibier lo que al alcance se tiene. B.S.