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Rusia tiene un interés por Ucrania más allá de garantizar su seguridad

La potencial incorporación de Ucrania a la OTAN ha terminado por romper las relaciones este-oeste y existe el grave riesgo de un aumento de las tensiones entre ambas partes.

Henry Kissinger siempre ha defendido que, tanto para mantener una relación mínimamente armoniosa con Rusia como para una geopolítica global equilibrada, Ucrania debería ser reconocida como Estado colchón. Muchos en Occidente piensan que con el Kremlin no se puede hacer concesiones de principios. En cualquier caso, la potencial incorporación de Ucrania a la OTAN ha terminado por romper las relaciones este-oeste y existe el grave riesgo de un aumento de las tensiones entre ambas partes. Moscú, que juzga que Occidente quiere debilitar y marginalizar a Rusia, hará todo lo que esté en su mano para impedir la adhesión de Ucrania a la Alianza Atlántica.

«Desde 2014, con la anexión de Crimea por parte de la Federación Rusa y la guerra en Donbas, Ucrania se ha convertido en el principal escollo del panorama de seguridad europeo», afirma el coronel del Ejército español José Pardo de Santayana, miembro del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE),dependiente del CESEDEN.

En un reciente informe publicado por el IEEE, se afirma además que Moscú «no tiene la intención de permitir que el país vecino entre en la esfera de influencia occidental por medio de su ingreso en la OTAN o cualquier otro medio que lo facilite en el futuro. Tal desenlace convertiría a Ucrania en un Estado hostil a Rusia en estrecho entendimiento con los otros países antirrusos del este de Europa. Además, supondría la aceptación por parte de la Federación Rusa del dictado norteamericano y la consiguiente renuncia a su rango de gran potencia», como de hecho ha ocurrido en los últimos meses.

El estudio del coronel del Ejército español aporta tres claves que explican el comportamiento de Vladimir Putin con respecto a Ucrania y el interés que tiene por este Estado, que alcanzó su independencia de la Unión Soviética el 24 de agosto de 1991.

Claves del interés Ruso

«La política exterior cada vez más asertiva del Kremlin, incluida la anexión de Crimea, en 2014, y su intervención en Siria, en 2015, cogió a muchos por sorpresa. No obstante, este modo de actuar fue la consecuencia de la cosmovisión del presidente ruso Vladimir Putin fundamentada en más de dos décadas de insatisfacción con Occidente, así como en la experiencia acumulada en su empeño por impulsar sus objetivos centrales: la preservación del régimen, el fin de la hegemonía estadounidense, y el restablecimiento de Rusia como potencia global»

Así, el desdén de Occidente ha provocado la reacción de Putin, quien ha proclamado: «¡Nadie nos escucha, ahora nos vais a tener que escuchar!» y demostrar con hechos que la Federación Rusa tiene la voluntad de hacer respetar sus intereses geopolíticos y su rango de gran potencia, con la pretensión de no aceptar de EE.UU. otro trato que el de iguales.

Por si esto fuera poco, la Revolución Naranja de Ucrania acontecida entre 2004-2005 fue una completa sorpresa para el Kremlin y el triunfo de Yúshchenko un sensible contratiempo. De repente, las esperanzas ucranianas de adhesión a la OTAN y a la UE adquirieron un aura de realismo. Putin interpretó las revoluciones de color como un método encubierto de Occidente para desestabilizar a la Federación Rusa y declaró el estrechamiento de relaciones entre la Alianza Atlántica y Ucrania y Georgia como una amenaza.

La relación con Washington se hizo muy tensa, Putin no consiguió arrancar a las potencias occidentales un acuerdo para detener la expansión de la OTAN. La integración de las repúblicas bálticas en la Alianza Atlántica en 2004 era el último avance hacia el este que el Kremlin estaba dispuesto a encajar. Para Moscú se trataba de una línea roja, al tiempo que la economía rusa se recuperaba y Putin había devuelto la ambición y la confianza a la Federación Rusa.

La integración de las repúblicas bálticas en la Alianza Atlántica en 2004 era el último avance hacia el este que el Kremlin estaba dispuesto a encajar.

Vladimir Putin durante su intervención en la Conferencia de Múnich de 2007. Fuente: Actualidad RT.

Más recientemente, ya en 2007, la Conferencia de Seguridad de Múnich fue verdaderamente reveadora de cómo se sintía Putin entonces con respecto a Occidente. El presidente ruso subió en Múnich el tono de su discurso y expresó su decidida oposición a dicho orden hegemónico norteamericano,
«un mundo donde hay un señor y soberano… Esto es perjudicial no solo para todos los que forman parte de él sino también para el propio soberano… La expansión de la OTAN tiene como intención rodear a Rusia», dijo.

Este es parte de su discurso (subtitulado en español), en el que el mandatario ruso denunció un mundo unipolar. No tiene desperdicio. Es ilustrativo del pensamiento de este líder autoritario ruso:

Llama la atención la invocación al derecho internacional, cuando él es incapaz de someterse a unas elecciones libres y a respetar a la oposición política, cuyo líder, Alexéi Navalni, se encuentra actualmente encarcelado.

Alexéi Navalni, líder de la oposición rusa en una imagen de archivo. Fuente: EFE.

La victoria de Víktor Yanukóvich en 2010 pareció favorecer los propósitos del Kremlin. El objetivo primordial del nuevo presidente ucraniano era hacer inexpugnables su propia posición interna y los intereses de su familia oligárquica. Al abandonar toda intención de integrar Ucrania en la OTAN, esperaba asegurarse una mano libre con la UE. Moscú no tenía la intención de aceptarlo y aumentó en exceso la presión sobre el país vecino, exigiendo la plena integración sectorial y la «sincronización» de las relaciones socioeconómicas.

El Acuerdo de Asociación UE-Ucrania se convirtió en el nuevo casus belli, si Kiev se abría a la UE, el comercio ruso- ucraniano quedaría muy limitado y la Unión Económica Euroasiática languidecería. El presidente de Ucrania tuvo que ceder, pero una vez más, la sociedad civil de Ucrania cambió las tornas y, en noviembre de 2013, estalló la revolución de Euromaidán. Después de haber conseguido todo lo que buscaba de Yanukóvich, Putin perdió a Yanukóvich y también perdió Ucrania.

En febrero de 2014, juzgando la situación muy peligrosa para sus intereses con la probable perdida de la base naval de Sebastopol y el ingreso de Ucrania en la OTAN, el Kremlin, desplegó fuerzas militares en Crimea, organizó un referéndum de adhesión a Rusia y cogió de nuevo por sorpresa a Occidente.

A continuación, Moscú empezó a maniobrar en Ucrania occidental para tomar el control de los territorios más prorusos. En abril estalló un conflicto armado en Donbas que a estas fechas contabiliza más de 14.000 víctimas mortales.

Invasión de Crimea por tropas rusas en 2014. Fuente: Republica.com

La guerra que comenzó en 2014 marcó el final de un esfuerzo de 25 años para «sincronizar el desarrollo» de las relaciones ruso-ucranianas por medios pacíficos, aunque indirectamente coercitivos. En los meses posteriores a la elección de Petró Poroshenko como presidente, la cooperación militar-industrial se detuvo, los bancos rusos fueron sancionados, el comercio se redujo drásticamente y las importaciones de gas se redujeron casi a cero.

Desde entonces, no se ha producido ningún avance diplomático y, más allá de unas u otras iniciativas y compromisos, por parte rusa se trata de impedir que el país vecino termine por ingresarse en la OTAN o la UE.

Ahora, la situación se vuelve cada día que pasa más inestable y la población ucraniana comienza a armarse y a construir trincheras en las calles de muchas de sus ciudades fronterizas con la Federación Rusa. La vía diplomática última sus esfuerzos para tratar de iniciar una desescalada que no se prevé se vaya a producir. Parece que Europa está abocada a un conflicto que parece de otro tiempo.