fbpx

Redes entre Redes

Testigos eternos de la convivencia entre los aldeanos y el mar, los tendederos preservan el alma del lugar. Por Bozhana Stoeva.

En un lugar diminuto a los pies del Atlántico, los lugareños con el mar convivían y con las redes trabajaban. El mar un oficio les facilitaba y un porvenir les ofrecía. En la orilla sus hogares construían y del mar no se alejaban. Unidos permanecían cuando la labor desempeñaban y entre tareas domésticas descansaban. En frente de las casitas el barquito aguardaba, moviéndose al unísono de las olas. Las redes delante de las viviendas colocaban, y desde las ventanas el horizonte celestial observaban.

La armonía en una palabra se escondía. Redes. Un instrumento que a las mujeres el oficio de redeiras asignaba, y a los hombres en pescadores convertía. Las mujeres las redes tejían, y con las redes a pescar los hombres al mar salían. Y las redes el nombre a aquel lugar dieron. Redes…

En Redes non te quedes…”, un dicho gallego dictamina. Al ser tan ambivalentes los galaicos, lo contrario debería entenderse. Ha de quedarse en Redes, y en sus redes enredarse.

En Redes entre redes los días se cambian y repiten, y el pasado es el presente. Las estructuras de madera, en los cuales se colgaban las redes, por encima del agua yerguen. A unos tendederos acuáticos se asemejan. Desde el mar o a través de las ventanas, las redes eran lo primero en lo que la mirada reparaba. Formaban una cortina que el pueblo envolvía, y los confines del mar y la tierra delimitaba.

Testigos eternos de la convivencia entre los aldeanos y el mar, los tendederos preservan el alma del lugar. Continúan separando la labor y el descanso relativo, aun cuandovacíos permanecen y las redes colgadas con el viento no ondean.

Las calles, serpenteantes en un peculiar laberinto, señalizan a dónde ir, donde se está y por dónde salir. Los nombres callejeros la ubicación facilitan, fieles al pragmatismo infalible de los parroquianos. Arriba, Medio, Abaixo, Nova, Ribeira... Palabras breves que indican si ha de subirse, si ha de bajarse, si al mar se va, si en el centro se está o si el pueblo se han ido ampliando con nuevas incorporaciones.

El privilegio de un apelativo significativo para la plaza se reserva, Pedregal. El sitio más amplio de la aldea, cubierto de piedras, la entrada y la salida del mar señalizaba. Con su nombre musita cómo en un antaño contrastaba con el resto de las callejuelas menos afortunadas por las cuales los zuecos se embarraban. Sería la plazuela central donde la rutina diaria se concentraba y las noticias se obtenían. En ciertos días a ciertas horas en un mercado de productos se convertiría. A la placita los aldeanos irían en busca de los  manjares frescos que los pescadores traían y otras mercancías exóticas comprarían.

Quizás en un intento de no olvidarse del pasado que en presente en Redes transcurre, la vía vertebral en la avenida de Gaspar Rodríguez se había transformado. Una placa susurra el nombre de quien fue el primer alcalde del Ayuntamiento de Caamouco, al liberarse de Ares dos siglos atrás. No abunda la información sobre Don Gaspar Rodríguez. Si con paciencia se indaga en los pocos documentos disponibles, algo se descubriría. Encabezaba el movimiento orientado a la separación de Ares. Y el viento enmudece las respuestas sobre su conexión con Redes.

En Redes la alegría y las penurias se han ido grabando como unas estampas imborrables. Como si continuasen viviendo en aquella época lejana cuando los gallegos, al hacerse ricos en las Américas, regresaban y sus palacetes al estilo indiano construían. Casas coloridas que a unos palacios de hadas se asemejan. Las fachadas transmiten el gusto y las preferencias de aquellos cuyos propietarios fueron. En los motivos decorativos de cemento se grabarían las huellas de los maestros portugueses que con esmero y un entrelazamiento impecable los ornamentos y las ondulaciones incrustaban. Suscitan el glamour escurridizo del Norte de Galicia en el cual perduran las similitudes con la arquitectura portuguesa. Se confronta con el Sur gallego cuyas casas de pierdas otro pasado y presente desvelan. Se percibe donde la riqueza se concentraba a principios de un siglo  transcurrido, y a donde las circunstancias coyunturales otro siglo después la encaminaron.

Imposible es detener el deseo de llamar a la puerta de alguno de aquellos palacios de hadas y cruzar el umbral. Asomarse al mundo de los dueños cuya presencia aún palpita e imaginarse cómo el portal a entremedias se abriría. La casera detendría la visita inesperada y con una cara seria la pregunta de protocolo dirigiría: “¿Qué desea usted? Los señores no están. No vuelva, no le podrán atender”. Y con brusquedad cerraría…

Se quedaría el enigma cómo por dentro las casas solariegas decoradas estarían y si fieles a la arquitectura indiana permanecían. O si aparentaban los palacetes portugueses cuyas decoraciones representaban la rutina de aquellos que los habitan o divertinajes les ofrecían. A lo mejor tantos azulejos no adornarían las paredes, a lo mejor los habrían sustituido con otros ornamentos imponentes.

A las casas ostentosas, otras casitas las suceden. Humildes y ensimismadas, rodean el mar y del mar rodeadas perviven. Desentonan con el resplandor de las mansiones señoriales. Casitas que con sus colores al exterior presumen y en el interior la intimidad preservan. Los portales rozan la acera con los peldaños discretos. Atraen la atención sin mostrar lo que detrás de la puerta se esconde. Al lado opuesto de las entradas, las ventanas alcanzan el mar y el confín celeste, y los balconcitos invitan a reposar y disfrutar de la inmensidad azul.

Pequeños patios con jardines diminutos abren el paso a las casas. Como si los lugareños deseasen decorar las aceras e invitar a un paseo memorable por un arcoíris otoñal. A principios del otoño, las flores todavía se resisten al frío y recuerdan el verano. No queda ni rastro del ajetreo que los forasteros provocaban. El silencio se ha apoderado de las callejuelas culebreantes, y el eco de los pasos es un intruso indeseado.

En el puerto, agazapado entre el mar y las casas de los pescadores, una señora desenreda una red. Mientras sus manos entumecidas descansan, observa el atardecer anaranjado. De pronto fija la mirada en el horizonte donde todavía se divisan las estelas que los barcos han ido dejando. Y en Redes entre redes anochece…