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Por qué los millenials han dado la espalda al taxi

Los más jóvenes nada quieren saber de un modelo casposo, caro y alejado de sus intereses.

Dos chicas jóvenes en un semáforo en plena milla de oro de Madrid esperan junto a un paso de cebra que un coche se detenga y, de manera rápida, suben a la parte trasera del vehículo, con sus mascarillas puestas. El coche es negro y al volante, un señor de mediana edad, de origen hispano, con chaqueta y corbata a pesar del calor, arranca decidido y así el coche desaparece en la jungla de asfalto confundiéndose con el resto.

Es una escena típica de cualquiera de las grandes ciudades españolas y europeas, donde Uber y Cabify operan a través de empresas llamadas VTCs. Y esa escena se repite los fines de semana al anochecer. Miles de jóvenes acuden a cenas en casas de amigos, a tomar copas a terrazas o a fiestas particulares en timepos de pandemia gracias a este medio de transporte. Del taxi, ni rastro.

Y es que la imagen del taxi ha caído en picado entre los más jóvenes. Flotas antiguas o simplemente modelos baratos como el Dacia Lodgy, tipo furgoneta de reparto de pan, taxista descamisado con las ventanillas bajadas y con la mascarilla colocada a la altura del cinturón, con Radio Olé sonando de fondo, no es la imagen que los millenials desean encontrar cuando se mueven elegantemente vestidos para cierto tipo de ocasiones, que son todas, en cuanto salen de casa.

Ese divorcio entre oferta y demanda, se ha visto agravado con el comportamiento de buena parte del sector en la última huelga promovida a nivel nacional, cuando cientos de coches de las VTCs fueron salvajemente atacados por taxistas cabreados que ven cómo las nuevas tecnologías les comen la tostada. ¡Qué le vamos a hacer, la vida es así!

La demanda ha dado la espalda a un sector que mantiene los mismos criterios operativos que las carrozas que circulaban por las capitales europeas en pleno Renacimiento, mientras exigen a gritos a las autoridades que les amntengas los provilegios y las prevendas que quedaron abolidos con la Revolución francesa de 1789, y que parecen no haberse enterado del hecho.

La demanda ha dado la espalda a un sector que mantiene los mismos criterios operativos que los coches de caballos que circulaban por las capitales europeas en pleno Renacimiento

Y es que el sector del taxi está pidiendo a gritos una renovación. No cerrar el precio del recorrido de antemano con el cliente, la incertidumbre de encontrar un taxi libre circulando por la calle o los precios tan elevados, son otros de los inconvenientes que sufren a diario quienes usan del taxi. Por no hablar de las preferencias personales en cuanto a gustos musicales se refiere del taxista de turno o al elevado nivel de interactuación con el cliente (en forma de conversación más o menos agradable) con el que a veces mortifican al usuario.

Está claro que las cosas no podían seguir así y por fortuna la renovación ha llegado para quedarse… hasta la llegada del vehículo autónomo pues nada en este mundo dura para siempre, lo sabemos.