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Museo Fuera de Horario (parte 3)

Te contamos este cuento que se desarrolla en tierras gallegas y lo hacemos de la mano de Bozhana Stoeva.

De repente unas voces conocidas devuelven a la chica a la contemporaneidad del Hostal. Son sus amigos, haciendo una sesión de fotos como si fuese una ceremonia solemne en homenaje al edificio.

La escena hace a la chica recordar cuando por primera vez cruzaba el umbral del Parador de Santiago. Era invierno. La cafetería estaba casi vacía. La mezcla de olores a postres, café y madera antigua le daba un aire muy acogedor y místico. Mientras degustaba la tarta de Santiago y disfrutaba del café, sentía como el sitio la atraía e incitaba a conocer.

En el mutismo del entorno se percibía la presencia invisible de las bruxas y los bruxos, las meigas y los curandeiros que tanta magia al lugar transmitirían y cuyos poderes curativos a los médicos del Hospital Real guiarían. La austeridad antigua del hospital contrastaba con el lujo de las estancias del hotel, mientras las siluetas del Administrador Real y los peregrinos exhaustos se transformaban en los huéspedes contemporáneos del Hostal.

La chica recorría los pasillos, por los cuales los siglos se turnaban. La historia del siglo 20 se vislumbraba. Se detenía delante de los cuadros. Leía las explicaciones y seguía la ruta indicada en el plano del Hostal. Unas puertas cerradas provocaron su curiosidad. Se fijó en el texto en frente de la habitación 301. Se llamaba la “Habitación del Caudillo”. Era el dormitorio y el despacho de Franco cuando visitaba la ciudad. Quizás desde el balcón el Caudillo observaba la Praza do Obradoiro y controlaba hasta lo incontrolable. Desde la alcoba entraba en el salón amplio con vistas infinitas a la plaza y a la montaña, y se dirigía a la sala de fumadores aunque a nadie toleraría fumar en su presencia.

Al lado de la 301 se divisaba otra puerta, número 302. Una habitación diminuta, con su propio secreto e historia a contar. La chica reparó en la puerta grande que encerraba y unía las dos habitaciones. El espacio se transformaba en una “casa-apartamento” cuando la situación lo requería.

Al extremo opuesto del pasillo se escondía quizás la joya de todas las habitaciones del Hostal. “La Habitación del Cardenal”… Un aposento que suscita lujo y simpleza. Dos camas enormes forman un conjunto. En el porqué son dos camas consisten un enigma. Se hizo para un Papa que nunca vino. Mandó al Cardenal Roncalli quien dio el nombre de la habitación y años después ya todos como el Papa Juan XXIII lo conocerían.

En compañía de sus amigos, la chica vuelve a hacer el recorrido como aquella primera vez. Se para en frente de la Habitación del Cardenal. Y resurge la curiosidad, ¿cuántos de aquellos que en la Habitación del Cardenal se hospedan, se darían cuenta de que en la cama de un Santo habían dormido? ¿O realmente se interesarían por la historia detrás del nombre de la habitación? 

La noche ya está cayendo. Afuera la lluvia no cesa. En el Hostal de los Reyes Católicos se pasea la versión actualizada de los alojados. Personas sonrientes, contentas, satisfechas… El eco de sus pasos sonoriza los claustros y los insonoriza de la vida mundana.

En la lejanía detrás de los muros gruesos de piedra se escucha la música del gaitero de turno. El gaitero que para los turistas sería una atracción, y para los huéspedes del Hostal y los residentes del entorno, acaso una pesadilla…

Cuatro personas caminan en fila por las alfombras rojas. Forman un grupo multicultural que tres naciones combina. A ratos se retrasan y a ratos se persiguen por el laberinto de pasillos estrechos con vistas a los claustros y ventanas a través de las cuales se alcanzan los tejados de la ciudad, las montañas y las torres de la Catedral.

De repente, un señor holandés se detiene y se dirige a la chica con una sola frase, breve y escueta: “Me siento como en un museo fuera de horario”. Acababa de dar la mejor descripción del lugar y transmitir las sensaciones que de ella misma se apoderaban.

Un día más está a punto de terminar en el Hostal de los Reyes Católicos. Un Museo fuera de horario sin un horario de apertura y cierre.

P.S. A Julio Castro quien me guió en lo invisible mientras por los laberintos del Hostal de los Reyes Católicos me desviaba, poco antes de ir a abrir las puertas de otro museo contemporáneo en una orilla del Atlántico, el Parador Costa da Morte en Muxía.

¡Gracias mil, Julio! ¡Gracias mil por hacer inolvidables los “Museos fuera de horario”! B.S.

Museo Fuera de Horario (Parte 3)