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Museo fuera de horario (parte 2)

Te contamos este cuento que se desarrolla en tierras gallegas y lo hacemos de la mano de Bozhana Stoeva.

En la Praza do Obradoiro se divisa un pasado, un presente y un futuro. En la combinación entre monumentos igual de ostentosos y simbólicos, cuya arquitectura evoluciona del estilo románico a la mezcla entre lo espiritual y lo misterioso, se asoma un edificio tan particular como único. Particular por sus funciones y único por su destino. El Hostal de los Reyes Católicos.

Las miradas curiosas atrae y deseos de cruzar el umbral provoca. Quizás sea el monumento que más compita con la Catedral de Santiago sin intención ninguna de competir. Una edificación imponente que a nadie indiferente deja cuando se adentra en la Praza de Obradoiro o se detiene en frente de la Catedral.  Inconscientemente la vista gira de las torres catedralicias a la izquierda y la sublimidad reclama la atención, antes de descubrir que el edificio con unas puertas de cuento de Hans Christian Andersen es un hotel que esconde historias y secretos aún no desvelados.

Sin pretensiones de presumir y destacar por encima de sus vecinos centenarios, el Hostal de los Reyes Católicos se convierte en uno de los más enigmáticos, siendo a la vez un hotel de lujo, un monumento histórico y un lugar místico. Invita a asomarse al esplendor y a las penurias que han atravesado y magnificado la ciudad compostelana. Y a su manera sigilosa revela los secretos a los que desean conocerlos o permite a los huéspedes que disfruten del placer de hospedarse en un hotel exclusivo, indiferentes a aquello que el silencio susurra y las estancias acallan.

Al acercase al portal majestuoso y fachada solemne en la cual llaman la atención los balcones amplios y las ventanas pequeñas, muy pocos o casi ninguno de los visitantes pensaría en que estaría a punto de entrar en un mundo aparte donde antaño existía un “reino” independiente con reglas ajenas a las mundanas que definían el orden, establecían las leyes, velaban por la disciplina, castigaban o apremiaban, salvaban vidas y ayudaban a los más necesitados.

Las cadenas de hierro forjado en frente del Hostal de los Reyes Católicos siguen marcando y defendiendo un territorio intocable. Casi inapercibidas permanecen. Delimitan las fronteras y el universo del Hospital Real protegen. Allí terminaba un mundo y detrás de las cadenas macizas comenzaba otro, aislado de la vanidad exterior y orientado a la vida del interior.

Al otro lado de las cadenas que separan el Hostal de la ciudad, la Praza do Obradoiro está vacía. A principios de noviembre el frío se está apoderando del entorno. La lluvia impía no cesa. Como si este día estuviese lloviendo “de una vez por todas”.  En la entrada que da paso al interior, una chica espera a sus amigos.

En el espacio entreabierto entre el portal, la recepción y el lobby del Hostal no hay nadie. Ni siquiera se perciben los pasos de los huéspedes alojados en el hotel. Mientras intenta divisar las siluetas estampadas en los charcos que cubren el pavimento de la plaza, se concentra en el zumbido que le llega del primer claustro detrás de su espalda.

La chica se acerca al claustro y se fija en la sombra que la fuente dibuja sobre las piedras mojadas. El único ruido viene de las gotas pesadas que caen con fuerza sobre las baldosas. Los chorros de agua se deslizan por los tejados. Resuenan con fuerza, provocando la sensación de haber penetrado en el Hospital Real que los Reyes Católicos mandaron a construir.

Las luces del anochecer invitan a perderse por el laberinto infinito entre los cuatro claustros, la iglesia, los pasillos, las celdas, la botica, la cocina, la enfermería…

Los destellos nocturnos reavivan la cotidianidad del Hospital Real en el cual el Administrador Real gobernaba. Con sutileza el territorio independiente dirigía. Un gobierno había formado y de una plantilla de 60 personas disponía. Las tareas redistribuía según los conocimientos. Un orden estricto  imperaba. El Administrador Real a nadie consentía que con las manos cruzadas se quedase, repartiendo las tareas o adjudicando los trabajos más duros a los delincuentes cuyas vidas había salvado.

Se cubrían todos los oficios a través de los cuales un reino funcionaba. Los sanitarios velaban por la salud y a los enfermos ayudaban. El boticario en la botica obraba. Los medicamentos preparaba y las pomadas mezclaba. Los administrativos se encargaban de que nada faltase en el día a día y las actividades fluyesen. Los capellanes en las misas se turnaban, los deberes por rangos en la iglesia desempeñaban y el apoyo espiritual ofrecían.

Las necesidades y las vanidades humanas no quedaban desatendidas. Ningún oficio faltaba en el Hospital Real. El cocinero, el hortelano y el despensero saciaban el hambre. El pintor las paredes y los espacios embellecía. El herrero, el carpintero, el tonelero, el calderero, el latonero y el estañero cualquier avería frenaban y la armonía diaria garantizaban. El joyero las joyas elaboraba y preservaba, y el platero les sacaba el provecho y al mejor precio las vendía. La costurera y el sastre del vestuario velaban, y la lavandera de la higiene personal cuidaba.

En días soleados los patios interiores se iluminaban, y el sol fomentaba el crecimiento de las plantas medicinales en el antiguo jardín. Cuando llovía y hacía frío, el silencio imperaba.

Al amparo de la noche, el Administrador Real a sus aposentos se retiraba, mientras se seguía oyendo el ruido de los jarritos del boticario, el crujido de las hojas dispersas por el escritorio del mayordomo, el traqueteo de las cucharas y los platos en el comedor, los rumores desde la cocina.

En la biblioteca los médicos aún consultaban los libros, dejando sus huellas por las páginas desgastadas de tanto abrir y cerrar. Al bajar al subterráneo, donde en la actualidad los dos restaurantes se sitúan, se divisaban los rostros serios en la sala de autopsias y las sombras de los trabajadores que el oficio más triste en la oscuridad de la noche desempeñaban.

Al amanecer, los peregrinos se cruzaban con el Administrador Real que caminaba cabizbajo y absorto en sus pensamientos. El mayordomo volvía a inclinarse sobre los cálculos y se ocupaba de la economía del hospital.

La iglesia se llenaba en horario de misa, y en lo alto, se observaban a los convalecientes que escuchaban desde las camas. Los peregrinos se irían turnando, dejando sus huellas invisibles y arrastrando sus desgracias. Vendrían de la Rusia remota, del Norte y del Sur de Europa, de países con nombres impronunciables y en el Hospital Real los recibirían, ayudarían y despedirían. Y nunca nadie confirmaría si el camino de vuelta habían desandado.