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Las «charlitas»

Como no podía ser de otra manera, Pablo Iglesias inició su pre-campaña electoral en Madrid a lomos de su caballo favorito: la chochocharla o pitocharla.

Estas «charlas» tratan de explicar a menores de edad, muy menores de edad, niños, muy niños, quienes deberían estar jugando en el recreo, que se puede enredar con los órganos sexuales en una suerte de puzle donde la pieza que encaja entre las piernas puede ser intercambiada a gusto del pequeño o, más bien, del mayor; dado que nos enfrentamos a una perversión de menores en toda regla, con la cobertura legal de la nueva Ley de Educación. Una norma que ha perpetrado una individua con ínfulas de Señora de Neguri, a quién le sobra carbón en la pelambrera y, además de las formas, le falta, para dicha cualidad, la elegancia intrínseca que Dios no tuvo a bien concederle.

Pero estábamos con Pablo y sus chocholadas, sus talleres de masturbación, de masturbación mental. El exvicepresidente ha tenido una idea genial. Propone equiparar una supuesta asignatura llamada “afectivo-sexual” a las históricas de matemáticas o lengua, esta última, supongo, que se podrá aplicar también a la primera… Según parece, para Pablo, y sus amigos de la “uni”, no existe afectividad sin lengua, pero eso es otra historia…

Me imagino a un honrado trabajador de Vallecas, con dos hijos de diez y doce años, preocupado por el ERTE que sigue activo en la cadena de cafeterías donde trabaja, que se esfuerza con el ánimo de ver a sus hijos con un oficio digno, quién, además, empieza a ver la luz gracias a las políticas de la Comunidad de Madrid, escuchando estas soplapolleces, por continuar con el lenguaje de las pitocharlas o chochocharlas.

Yo, sinceramente, creo que los currantes españoles no acaban de ver la necesidad de introducir a sus púberes dentro del vértigo de la confusión entre la fuchinga y la cachufla. Porque, seamos realistas, las chochocharlas que nos propone el exvicepresidente empiezan, eso, siendo chochocharlas, para concluir convertidas en pitocharlas, dentro de un tortuoso fanguillo donde la audiencia no alcanza a comprender si lo que figura entre sus piernas es un mero capricho del destino o una pegatina adherida con un pegamento espacial.

¡Abajo las pililas! Gritará el amanerado profesor de la asignatura, y los niños no conseguirán despegárselas. Entretanto, los esforzados padres votarán en masa a Podemos para que, dos más dos, sean cinco, mientras los pequeños cantan la penúltima oda a la gallarda, a la gallarda mental, insisto.