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La transformación del papado de Francisco: del liderazgo espiritual a comportarse como un político más

Se cumplen ocho años de la elección de Jorge Mario Bergoglio al frente de la Iglesia católica. Un papado que se ha transformado a sí mismo.

Nadie duda del enorme liderazgo espiritual que ejerció el papa Juan Pablo II, apodado «El Grande», quien rigió los destinos de millones de católicos de todo el mundo entre 1978 y 2005. Tampoco nadie duda de la enorme influencia fiolosófica y más tarde en la Congregación para la Doctina de la Fe llevada a cabo por el entonces Joseph Ratzinger, quien llegó a convertirse en un digno sucesor del papa Wojtyła. Sin embargo, la abdicación de Benedicto XVI en 2013 trajo consigo el despertar de los nuevos tiempos con la elección de Francisco.

Han trascurrido ya más de ocho años desde la elección de Jorge Mario Bergoglio, antiguo arzobispo de Buenos Aires (Argentina), como sucesor de san Pedro y obispo de Roma. Y en todo este tiempo, Su Santidad ha demostrado actuar más como un político más que como un líder espiritual de una Iglesia que agrupa actualmente a más de 1.300 millones de fieles.

De hecho, así lo atestiguan sus discursos y prédicas, donde el ecologismo o el compromiso con la Agenda 2030 de Naciones Unidas impregnan la mayor parte de sus intervenciones públicas. Poco habla Francisco, sin embargo, de cuestiones consideradas importantes por su antecesores, como fue la lucha encarnizada contra el comunismo o por el derecho a la vida del no nacido, protagonizados por Juan Pablo II.

De hecho, Wojtyła se enfrentó como sacerdote y más tarde como arzobispo de Cracovia (Polonia) al comunismo. Según se supo años despés de su muerte, Wojtyła fue espiado durante varios años por los servicios secretos del régimen comunista de entonces y son muchas las fuentes que apuntaron al servicio secreto búlgaro como instigador de su intento de asesinato en 1981, hecho que llevó a cabo el ciudadano turco Ali Agcá.

Ratzinger, por su parte, llevó a cabo una profunda labor como máximo responsable de velar por la ortodoxia católica desde la Congregación para la Doctrina de la Fe y sirvió como pegamento para evitar la fractura entonces de buena parte del episcopado alemán, muy próximo a tesis protestantes desde hace más de 50 años hasta la actualidad.

Francisco en este tiempo ha firmado acuerdos con el Partido Comunista Chino para tratar de visibilizar a la Iglesia Patriótica China, afín a las tesis comunistas y única iglesia oficial permitida por los dirigentes comunistas. Además, ha restaurado a buena parte de los teólogos condenados tiempo atrás por sostener tesis incompatibles con la enseñanza tradicional de la Iglesia católica hasta entonces, como Hans Küng (fallecido en abril de 2021), o la hermana Jeannine Gramick, una monja activista de los drechos LGTBI en EE.UU. También ha aupado a James Martin, jesuita como él, a las más altas instancias de poder mediático al respaldar su labor con el colectivo homosexual desde la praxis de su propia condición sexual, que no oculta ya en público.

Últimamente, se le ha visto condenar de manera enérgica el capitalismo. Todos recordamos la audiencia que brindó a Donald Trump en el Vaticano. Sin embargo, no se ha opuesto con igual contundencia al socialismo o comunismo, doctrinas ambas condenadas por sus antecesores, por considerarlas excesos contrarios de una visión del ser humano contrario a las enseñazas del Evangelio.

Por si esto fuera poco, Francisco ha dispensando una recepción oficial a lo que en teoría era un viaje privado de la vicepresidenta del Gobierno español, Yolanda Díaz, perteneciente a la extremaizquierda de nuestro país. Dicho viaje se encuadra dentro de una campaña de promoción de esta política abiertamente anticatólica, como contrapeso a Pedro Sánchez y futura candidata de Unidas Podemos a las elecciones generales, en sustitución de Pablo Iglesias Turrión, ex vicepresidente del Gobierno y líder de la misma formación comunista hasta su dimisión en mayo de este mismo año.

A Franciso además se le nota que esas apariciones de hondo calado político le gustan. Es más, se gusta el mismo protagonizando esas audiencias, sólo hay que ver cómo sonríe y su constante fijación por salir bien en cámara. A Francisco no le gusta tampoco que sus colaboradores le lleven la contraria. Ha cortado cabezas a diestro y siniestro en cuento ha notado que no le bailaban el agua. El cardenal estadounidense Raymond Burke o el africano Sarah, además del alemán Gerhard Ludwig Müller, son algunos de los cádaveres que Francisco ha dejado en el camino.

Estas audiencias poco tienen que ver con otras, cuyo perfil diríamos tiene mucho más que ver con la labor interna de la Iglesia, por ejemplo, a la hora de recibir a altos dirigentes de organizaciones católicas que han acudido a visitarle a lo largo de estos años.

La reciente dimisión del español Julián Carrón, al frente del movimiento Comunión y Liberación ha sido más que sonada en ámbitos católicos, así como el atronador silencio mostrado ante los miembros del Opus Dei o el desplante a su actual prelado, a quien no ha nombrado ni siquiera obispo años después desde que éste fuera nombrado en 2017.

Se podría decir que Francisco practica la diplmacia de puertas para afuera, con los más alejados, y una inquisición férrea con los propios. Es su modo de hacer política. Este doble rasero o vara de medir le han llevado a granjearse la completa desafección del mundo católico, y a obtener, sin embargo, el aplauso del «mundo».

Lo que está claro es que no pasará a la historia como un papa espiritual, sino más bien como el papa político que abrió las puertas y ventanas de la Iglesia de par en par a ese «mundo», cuyo aplauso venera.