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La Revolución Gloriosa

La revolución supuso el comienzo de la democracia parlamentaria moderna en Inglaterra. Descubre cómo una revolución puso las bases para una de las democracias más consolidadas de la historia.

La Revolución Gloriosa o Revolución Incruenta tuvo lugar en 1688 en Inglaterra y consistió en el derrocamiento del rey Jacobo II en la que intervinieron una serie de parlamentarios junto con Guillermo de Orange, príncipe protestante holandés, quien recabó apoyos para invadir Inglaterra con un ejército de 15.000 hombres con la idea de derrocar al rey y sustituirle.

Existía un caldo de cultivo previo a la Revolución Gloriosa que la propició. El enfrentamiento de católicos y protestantes se agudizó después de que accediera al trono el católico Jacobo II, sucesor de Carlos II, quien se empeñó en restituir en sus cargos y posición a los católicos. La propaganda whig (que fue el apodo que se les dio a estos presbiterianos escoceses liberales que se enfrentaron a Jacobo II) actuó con fuerza en las calles.  

Así, se generó un clima de oposición a la corona, respaldada por la nueva burguesía que quería imponerse sobre la vieja aristocracia terrateniente. La Revolución Gloriosa, además, provocó un cambio en la correlación de fuerzas de estos dos grupos sociales y entre la corona y el parlamento después.

Varias revoluciones previas que aplastó Jacobo II, hermano de Carlos II por aquel entonces, como la Rebelión de Monmouth en Inglaterra y la de Argyll en Escocia, le generaron ya pocas simpatías entre buena parte de los parlamentarios. Lealtades muy frágiles en un momento en el que basculaban con facilidad entre Lord Halifax y los hermanos Osborne.

Ya en el trono, Jacobo II sustituyó a varios de ellos de sus cargos en el gobierno interior. Whigs y tories no vieron con buenos ojos tampoco el nacimiento del Príncipe de Gales, y vieron lo que se les podría venir encima. Una dinastía católica.

Halifax, junto con Guillermo de Orange y el obispo Compton (también depuesto de su cargo como obispo de Londres) comenzaron a maniobrar contra Jacobo II. Aprovechando que el rey de Francia tenías sus tropas ocupadas en Alemania, planificaron el desembarco holandés y la entrada de las tropas en Londres. Ante el avance de las tropas Jacobo II no tuvo más remedio que escuchar las demandas de sus oponentes a las que accedió también en un primer momento.

Sin embargo, el rey podo después huyó hacia el Canal de la Mancha tirado su sello real al Támesis. Fue apresado y llevado de vuelta a Londres. Comenzó entonces una actividad política frenética para buscar una solución. Se sugirieron varias posibles opciones, desde una monarquía electiva a declarar la incapacidad de Jacobo II o una regencia a Guillermo de Orange. Otros defendían la vuelta del rey pero con condiciones. Halifax finalmente ofreció la corona a María, esposa de Guillermo de Orange e hija de Jacobo II, que pasó a reinar como María II de Inglaterra, Escocia e Irlanda.

Las consecuencias de esta revolución fueron, en primer lugar, el derrocamiento de Jacobo II. La revolución supuso el comienzo de la democracia parlamentaria moderna en Inglaterra. El poder del rey sería ahora atenuado por el Parlamento, y éste debería someterse al imperio de la ley, para ello se aprobó la Declaración de Derechos (Bill of Rights en inglés) que restablecía ciertas prerrogativas parlamentarias eliminadas durante el reinado absolutista de Carlos II y Jacobo II.

Entre ellas, la libertad de prensa, el libre control monárquico, el carácter no permanente del ejército, el paso de los impuestos por el parlamento para ser aprobados, asentaba las bases de la división de poderes entre el legislativo y el ejecutivo, así como garantizar la libertad individual y el derecho a la propiedad individualizada.

La revolución también cerró el paso de los católicos a la corona de Inglaterra, ya que Jacobo II había sido acusado de papista y la propaganda whig lo había asociado al absolutismo francés de Luis XIV, de quien la corona había estado recibiendo fondos desde hacía casi dos décadas (Tratado de Dover de 1670).

En definitiva, la Revolución Gloriosa de 1688 en Inglaterra propició un cambio de modelo de la monarquía, donde su poder se vería seriamente limitado por el papel del parlamento, que dieron lugar a una serie de gobiernos liberales pero que, sin embargo, no pusieron fin a la inestabilidad territorial y a las tensiones religiosas, que han venido arrastrándose desde entonces hasta la actualidad.