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La nueva aurora

Teresa Juan López es periodista, profesora de yoga y meditación, coach espiritual y escritora.

Burlando las batallas, algunos aún se rindieron a tropezar con el barro. Aún suspiraron desde el mismo tono, porque usaron parecidas palabras y sinónimos de lo que antes servía. Frases que cambiaron, que fueron pocas, de estrofas enteras con idénticos argumentos fallidos. Futuros abocados a fracasos. Y la tempestad al otro lado de la ventana. Que fueron rayos suplicando misericordia, hasta los confines del dolor y la añoranza.

Cuando otros tantos se resolvieron, eligiendo luz antes que las sombras. Superando los fines para encontrar comienzos, y el placer en el cambio de los rumbos. Un paso más al borde de una galaxia que requería avanzar sin preguntarse nada. Confiar a ciegas. Tener fe de la mano de los hombres.

En otros tantos que subieron, y abrazaron el norte, sin plantarle cara. Y supieron ver la belleza indiscutible. Que, a pesar de todo, escribieron su vida libre, de cuentos inventados, posibilidades infinitas y acentos. Rebajando el miedo, ubicando sus días.

Aquellos que calibraron, lejos de preguntarse tantas cosas. Cabalgando en diáfanas llanuras de ser, experiencias nuevas, momentos en los que aparentemente no hay donde sujetarse. Aunque sin caer, sin temblar, sin pecar de agotamiento. Con toda la energía en su sitio. Las botas puestas siempre, preparadas para el camino. Sin desfallecer ni un solo día ante pequeñas o grandes andanzas. Sirviendo el té en minúsculas tacitas de porcelana. Cuidando cada detalle, de formas, de actitudes inquietas.

Esos muchos que apostaron de pronto por confirmar sus intuiciones y caminar de frente por sendas distintas. Que prefirieron la incomodidad del que se arriesga a celebrar hallazgos. Y danzaron, rieron, abrazaron con manos grandes y con júbilo.

Esos muchos que son tantos, y cada día más. Que, por fortuna, han despertado a la nueva aurora, la que acuna cualidades perdidas, sobresaltos. Y han alumbrado de cánticos alegres tantas noches enteras de fríos insomnes y madrugadas sin prisa y sin aburrimiento.

Tantos lunares de luz.

Y ahora son capaces de comprender, en su expresión más radiante, el juego eterno y perfecto de la orquestación divina.