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La armonía sincrónica

Teresa Juan López es periodista, profesora de yoga y meditación, coach espiritual y escritora.

El espacio que ocupa el alma es un espacio que no requiere explicaciones ni preguntas. Una tierra que se pisa con pies descalzos, donde se trata de sacralizar cada acto cotidiano, respetándolo, para que se llene de sentido y rebose destellos de infinito.

La suavidad se convierte en provocación y deleite para el gozo de un alma que desea expresarse, que es capaz de conmoverse a sí misma ante su propia grandeza. Para entrar, con humildad, en el abrazo de lo sutil, de lo que es efímero pero no por ello pierde su consistencia.

La forma es la elegancia. Y, desde el brillo que simplifica cada acción y cada gesto, esa elegancia se vuelve la esencia. No hay mucho más que hacer. Tan sólo el disfrute. Las cosas van llegando solas. Poéticamente solas, porque unos fragmentos de tiempo riman con otros y se entienden los finales como partes de acertijos que se resuelven por sí mismos.

Las cosas van llegando solas. Poéticamente solas, porque unos fragmentos de tiempo riman con otros y se entienden los finales como partes de acertijos que se resuelven por sí mismos

Lo que flotaba en el aire como una manifestación significativa que conduce al asombro. El deseo más intrínseco y secreto de lo que yace dentro del corazón, acariciando los vórtices del tiempo y el espacio, para allanar el camino.  Y la respuesta a las preguntas que quedaban pendientes, delante de la piel, sencillamente ahí, al alcance de la mano, de forma precisa y hasta inexplicable para la razón.

El ritmo de los acontecimientos como un cronómetro que marca la hora exacta. Con sensación de que no hay nada fuera de lugar, con impresión de que la inquietud está lejos, que uno puede descansar porque ha llegado a casa.

La casa, que no es otra que la casa del alma. Un abrazo del tiempo que abriga el temor y lo transmuta en confianza. Porque hace frío donde no hay respuestas. Y el viento quema allí donde la mente planea confusión, y sus mentiras.

Mientras tanto, sucede un impulso hacia el siguiente paso correcto, que se pinta de colores mudos. Hay una flecha invisible que apunta una dirección armónica con todo lo demás, que se identifica con un latido, el que se vierte en el pecho. Una pulsión que es como una certeza que siempre permaneció intacta y ahora es rescatada.

La armonía sincrónica al mirar el reloj, y que sean las once y once. Al pagar la cuenta, once con once. Al fijar la mirada en otra matrícula, once once.