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Historias de un chocolate

Allende los confines celestes, en un esquina, el Atlántico se desvía. Sus aguas en la tierra se adentran. Un largo pasillo acuático forman. A un lugar enigmático encaminan. Los bosques lo acobijan. El mar lo protege. Dos castillos lo defienden. Un tercer castillo el paso marítimo vigila. Entre las dos orillas opuestas una cadena se extiende. El acceso prohibe, a los bajeles frena. Si con buenas intenciones se va, al interior se permite avanzar. Unos portones invisibles se abren. Un reino de historias y secretos se vislumbra. A pasos lentos a un chocolate gigantesco se llega.

Un faro enorme una luz disipa. Las fronteras de la villa en la oscuridad indica. A viajeros de universos diversos, el puerto recibe y despide. Sobre pilastras un embarcadero se yergue. Los marineros las mercancías descargan y cargan. En los astilleros, las naves impacientes aguardan salir. En un ángulo, siete sirenas reposan. Rodean un barco que de Bretaña viene. No un capitán acompañan, mas por la intimidad de San Ferroal velan. El lugar, que reposo le ofrece, el Santo bendice y su nombre le ofrenda.

Los cimientos del Chocolate yacimientos abundantes de hierro esconden, por lo cual como villa Ferreoli en otros reinos lo conocen. Las ventajas los villanos aprovechan. En tres industrias principales las concentran, naval, marítima y militar.

Las cuadrículas del Chocolate los barrios moldean. Las líneas verticales y horizontales la circulación posibilitan. De un ángulo a otro se culebrea. Al mar en dirección recta se llega. Al cambiar de destino, al interior se adentra. Las sombras y las siluetas los enigmas desvelan. Leyendas diversas se enlazan. En una ciudad real se transforman. Ferrol.

Los ferrolanos con lo místico conviven. Desde épocas inmemorables entre el mar y la tierra se movían. Lo que la tierra le daba, el mar lo complementaba. De lo que carecían, por el mar lo abastecían. Con Galicia, Irlanda, Francia Occidental y Gran Bretaña relacionarse solían. Conocimientos y experiencias intercambian. La cultura del Bronce final atlántico compartían. Poblados calcolíticos se establecieron, y sus gentes los beneficios del cobre y otros metales descubrieron. Una cultura desarrollaron. Leer y escribir sabían. Un alfabeto propio utilizaban. Las rocas eran el papel, los dibujos, las letras. A los grabados que legaron, petroglifos los arqueólogos llamaron.

No al azar los celtas en la región se asentaron. Los castros,  sus poblados fortificados, construían en colinas y bosques bien protegidos, penínsulas marítimas y espolones. Las laderas una mejor defensa proporcionaban, la protección del enemigo facilitaban. El mar con el exterior les conectaba. El cultivo de las tierras la comida aseguraba.

Los romanos de los territorios más atractivos se apoderaron. Los castros de los celtas en villaes transformaron. Los suevos a los romanos sustituyeron, un reino suevo constituyeron.

En la Edad Media otros acontecimientos ocurrieron. Los siglos se turnaban, los ocupantes cambiaban. El hierro las industrias fomentaba, oficios a los locales daba. Las culturas se mezclaban y enriquecían. La gente del esplendor gozaba.

La Edad Moderna penurias y lágrimas a los villanos trajo. La Armada Invencible sus naves instaló. Los ferrolanos un precio caro pagaron. La construcción de los tres castillos que la entrada de la ría vigilan con un profundo dolor se recordarían.

Las guerras del rey Felipe II con Inglaterra la conexión con otros puertos interrumpieron. La circulación de las mercancías perjudicaron. A los ejércitos reales víveres, materiales, madera y hombres, los ferrolanos suministraban.  A un saqueo descontrolado, las órdenes reales la villa condenaron. Algo de legado les dejaron. Tres castillos fortificados que una buena defensa garantizaban.

El castillo de San Felipe homenaje al rey Felipe II en la eternidad rendiría. Su diseño se basaba en las técnicas defensivas, introducidas por Marqués de Vauban. A la perfección combinaba la posición geográfica con la arquitectura militar. La custodia complementaban los castillos de la Palma y de San Martín. Una cadena entre el castillo de San Felipe y el de San Martín las naves frenaba, y desde el castillo de la Palma el tráfico marítimo se controlaba. Siglos después una cárcel militar sería. Antes de sucumbir al olvido, el castillo de la Palma, al exteniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero en una celda alojaría.

El rey Felipe V en la ría de Ferrol los Grandes Astilleros del Norte de España instalaría, y el rey Fernando VI a Esteiro los expandiría. El interés de la Armada Inglesa provocarían. Los ferrolanos a los franceses apoyarían. Los franceses la batalla con los ingleses ganarían. Los ferrolanos la admiración de Napoléon Bonaparte obtendrían. El Emperador un modo peculiar de agradecérselo encontraría. En un año de ocupación francesa se expresaría.

Las desgracias se irían. Otros días vendrían. La reina Isabel II el privilegio de ciudad a la Villa de Ferrol concedería. La gratitud poco duraría. En la revolución “La Gloriosa”, Ferrol participaría. La rebelión con el destronamiento y el exilio de  Isabel II acabaría. Papel importante desempeñaría un masón ferrolano Francisco Suárez García, que un alcalde de la ciudad sería.

Los primeros barcos españoles en Ferrol se construirían. La Guerra Civil volvería a cambiar el destino. Una condecoración inesperada, la ciudad ostentaría. Al nacer Francisco Franco en Ferrol, El Ferrol del Caudillo lo denominarían. Las décadas pasarían. De aquel pundonor se liberaría, inclusiveel artículo definido del nombre se eliminaría.

La dinastía de los Borbones la arquitectura a la ciudad regaló. Casas de agricultores y pescadores entre el puerto y el casco urbano medieval se dispersaban. Las calles irregulares y desorientadas los quehaceres no facilitaban.

Los arquitectos los espacios entre las clases repartieron. Barrios opuestos crearon. Con cautela eligieron dónde los afortunados a gusto vivirían. Un barrio representativo para la nueva urbe diseñaron. Si la mirada se detuviese en el plano de la ciudad, una enorme tableta de chocolate con cuadrados igualados se divisaría. Como si en aquel antaño los arquitectos hubiesen rendido un homenaje particular al cacao que de las Indias los navegantes trajeron y en una delicia transformaron. Quizás una visión tuviesen, la conexión gallego-suiza marcasen. Un suizo, Rodolphe Lindt con la ayuda de su hermano August, el chocolate duro crearía. A los gallegos dejaría percibir el simbolismo que entre los cuadrados de un gigantesco chocolate suyo palpita.

El chocolate gigantesco “La Magdalena” se llama. El barrio de los ricos ferrolanos era, y sus gustos reflejaba. La mayoría de sus habitantes vínculos con el estamento militar tenían.

A la Magdalena, el barrio de Esteiro contrastaba.  A los trabajadores de los astilleros acogió y para ellos se creó. Sus calles ni tan alineadas las construyeron, ni tan ordenadas las mantuvieron. Las casas entre las nieblas se perdían. Los habitantes con la suciedad de las industrias cohabitaban. A los malestares del hambre y las enfermedades sobrevivían.

Ferrol es el pasado al cual en el presente se llega. Entre las sombras impresas en las murallas y las baldosas que cubren las calles, se divisan las huellas de una industria floreciente, una presencia militar y una vida social activa que en un siglo anterior se quedaron.

De un atractivo, Ferrol no presume. La belleza camufla en la decadencia de un antaño lejano. Los aromas y las esencias  se sienten o no se perciben. Los días se suceden a un ritmo inalterable. A principios de octubre reina un silencio profundo. El eco de los pasos resuena por los adoquines mojados. Los visitantes ocasionales no se cruzan con los locales. Los rayos del sol se reflejan en los cristales. Destellos anaranjados se persiguen entre los vitrales y las galerías. Las fachadas nostálgicas ostentan las riquezas que de un Nuevo Mundo venían. Añoran el pasado cuando el lujo modernista al antojo de los pudientes ferrolanos se reinterpretaba.

La arquitectura modernista vigila el glamour y el esplendor adormecidos. En el barrio de la Magdalena se observan las influencias de estilos que los arquitectos adaptaban a los deseos de los más afortunados. Las casas presumen de unas fachadas impresionantes. Los colores suaves resaltan la autenticidad de los palacetes. Los miradores acristalados el interior con el exterior conectan. Los ornamentos de hierro forjado suavizan los ángulos rectos. Los balcones, fieles a la simetría y los óvalos de las bóvedas, un hueco entre las galerías encuentran.

Los colores se combinan y varían de una casa a otra sin que se repitan. El blanco se reserva para los marcos de la ventanas, las galerías y las entradas. Contrasta con los tonos pálidos del violeta, el amarillo, el rojo, el verde… Como si los acomodados ferrolanos hubiesen firmado entre ellos un acuerdo con el cual reservaban un color y una identidad a sus palacios. El blanco era la excepción. Se repetía en el mismo sitio alrededor de las ventanas, los ángulos y las puertas. Algunos propietarios, impresionados por la obras de Gaudí, se habían decantado por las flores y los girasoles que El Capricho evocan.

El olor a mar se disipa entre las callejuelas. La humedad graba incrustaciones saladas en los ornamentos de hierro forjado. El paseo marítimo señaliza los confines del barrio de la Magdalena. El gigantesco chocolateatrás se queda. Al puerto se llega.

El mutismo otoñal pocos rastros preserva del barullo veraniego. Unos carteles empalidecidos con contenidos apenas legibles facilitan los horarios de excursiones por las Rías Altas. Los barcos no esperan a los pasajeros. Los guías se han ido. No hay quién oriente a los pocos forasteros que por el muelle vagabundean. Las barcas tambalean por la superficie azul como unas nevalyashkas sin saber cuándo volverán a navegar. Provocan una sensación de haber cruzado el umbral de un universo en el cual transcurren realidades ajenas al presente.

“Lo esencial es invisible a los ojos”, susurraría el zorro al Principito. Allende los bosques y el Océano Atlántico, un chocolate gigantesco se halla. Los lugareños por encima de los cuadraditos sus palacios construían y por las calles alineadas transitaban. Si los ojos se abren, real será. Muchos lo conocen, pocos conscientes de ello son. Ferrol…Historias de un chocolate