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Estelas de Ares en Ares

Ares... Un nombre que une un dios y una tierra. Lo divino y lo terrenal inseparables. Por Bozhana Stoeva.

En un lugar del Norte de Galicia un dicho existe. “En Ares non te pares, en Redes non te quedes e en Caamouco para pouco”. Cuesta entenderlo. Mejor no intentar descifrarlo. Las supersticiones malévolas han ido tachando los tres pueblos hasta que en una ruta seductora los convirtieron. Un camino sin ser camino hacia ellos abrieron. Y en Ares donde no ha de pararse, ha de pararse.

Ares… Un nombre que une un dios y una tierra. Lo divino y lo terrenal inseparables permanecen en un pueblo agazapado entre el mar y los bosques en una orilla del Atlántico donde Ares sus estelas ha ido dejando. En la arena y en los senderos están grabadas las huellas de los celtas, el legado de los romanos y el simbolismo de la mitología griega.

Si Ares era el hijo de Zeus y Hera y el Dios de la guerra que destacaba con su brutalidad y violencia en la antigua Grecia, en la cultura celta era un Dios que sabía proteger. Su presencia se percibiría en Ares y varios pueblos gallegos donde los celtas habitaban.

Los siglos transcurrían en Ares. Los romanos sucederían a los celtas. Cederían el turno a los suevos. Los franceses y los ingleses sus batallas llevarían en intentos desenfrenados de imponer el poder y a la fuerza las querellas resolver. Años después los inmigrantes gallegos volverían y la arquitectura indiana introducirían, regalando el esplendor a sus tierras natales. A paso lento, el tiempo se deslizaría y el viento en otra dirección comenzaría a soplar. Las riquezas se convertirían en penurias y penas que preservarían la alevosía de un refrán, mientras las estelas de Ares a Ares seguirían llevando.

En Ares el silencio silencia antiguas victorias, bienestar y famas, mientras las maldiciones se transforman en un presente en el cual los significados se visten de la dualidad gallega.

Serpenteando entre casas coloridas, el pasado se vive en el presente. El antes y el ahora se solapan. Se transfiguran en la cotidianidad de otros tiempos que a la actualidad se traspasa.

Un día cualquiera a principios de octubre, el otoño regala los rayos de un sol radiante a los pocos visitantes que por las calles de Ares se pierden. La amplia playa se asemeja a un desierto anaranjado en el cual las olas procuran no hacer ruido. Las cafeterías se aprovechan de los pocos forasteros antes del invierno y quizás de los últimos clientes antes de cerrar por unos meses. Es la vida real de los pueblos con aromas a gloria y olvido. Casi no hay nadie, sólo la rutina cotidiana de aquellos que no se moverán de allí. Ningún movimiento perturba el mutismo en el cual han sucumbido las callejuelas que culebrean entre las casas. Mas se percibe la vida de los lugareños. A lo mejor algo monótona, pero llena de tareas domésticas y un ajetreo sin nunca cesar.

Las estelas marcadas en el confín azul del mar indican continuar hacia Redes, Caamouco y adentrarse en Fragas da Eume, un parque natural en el cual serviría el ejemplo de Henzel y Gretel, ir dejando piedrecitas para encontrar la senda de vuelta. Y si se consigue salir del bosque frondoso, el camino se desviará por unos pueblos todavía más escondidos entre los montes y con casas como palacetes fieles a un lujo de siglos pasados.