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El Reino de Salaguti

El Reino de Salaguti. Un reino pequeño de tamaño e inmensurable de dimensiones. Murallas no lo rodean. Fronteras no tiene. Por Bozhana Stoeva.

Bozhana Stoeva es experta en ciencia política y relaciones internacionales, gestión e internalización de empresas.

Aquende las cuatro villas de Amaya, donde una carretera atraviesa la interminable llanura de Burgos y se desvía de Sasamón, se hallará el Reino de Salaguti. Un reino pequeño de tamaño e inmensurable de dimensiones. Murallas no lo rodean. Fronteras no tiene. Leyes discriminatorias no imperan. La diversidad se respeta. La imaginación determina las reglas.

Indicaciones cómo llegar apenas se facilitan. El viento señaliza adónde dirigirse. Esparce el polvo hacia los campos castellanos. Sugiere seguir las huellas polvorosas por el declive hasta adentrarse en un bosquecito. Un camino de tierra conduce al acceso. Ocultos entre los árboles frondosos se ubican dos palacios inusuales. El césped bien mantenido, resplandeciente bajo los rayos del sol, suscita que son las residencias de dos ilustres que establecen las normas en el reino.

Un Elfo y un Gran Gigante. Dos en uno. Inseparables en lo real, en lo surreal se complementan. Comparten  una misma imagen y un mismo nombre. El Elfo, de cuerpo delgado y enérgico y de una presencia cautivadora, contrasta con el tamaño imponente del Gran Gigante.

El Elfo reina y gobierna. El Gran Gigante, siempre alerta desde su atalaya, protege el territorio y vela por la armonía. Se preserva indemne al paso de los días, las estaciones, los años. Afuera, el Gran Gigante preside la entrada del alcázar, adentro los secretos del Elfo silencia, los tesoros de Salaguti custodia. Agradecido, el Elfo  lo ha esculpido en el palacio más imponente del Reino proyectándole sus facciones.

Cuando los dos ilustres descansan contemplan el horizonte en el cual emerge la Peña Amaya y los campos verdes alcanzan el azul celeste. Al anochecer el Elfo enciende las luces e ilumina el monte. Los reflejos brillantes dispersan destellos anaranjados que guían hacia la llanura donde duermen las cuatro villas de Amaya. Cuando cae la noche, el Elfo se retira a sus aposentos. El Gran Gigante permanece en su atalaya  vigilando el reino.

Lo real y lo surreal se fusionan en un mundo aparte. Los habitantes son de universos diversos. Se pasean hadas. Se escucha la canción de los pajaritos contentos de haber saciado el hambre con las migas que Henzel y Gretel han disperso por el camino. Brujas no se perciben. De una ventana se asoma la cabeza de una tortuga.  Podría ser un lejano familiar bueno de la Serpiente de Midgard al cual se ha ordenado defender el tesoro de Salaguti.

Escondido por debajo del caparazón de la cúpula de una de las casas, un niño observa el cielo y se prepara a hacer apuntes en una hoja blanca. Seres de otras galaxias aterrizan y despegan. Se les ve estacionar la nave espacial e instalarse en el reino. A los forasteros que de paso pasan, se ofrecen visitas personalizadas.

Los palacetes se adaptan a las necesidades de los dos ilustres. Se dividen en dos, la Casa del Elfo y la Casa del Gran Gigante. 

La Casa del Elfo evoca recuerdos de la infancia. Se avivan los cuentos con los cuales los niños crecen y los adultos no olvidan. Se avista entre los árboles la casita de la bruja que encerró a Henzel y Gretel. Las piedras y el cemento han sustituido las paredes de pan y el tejado de corteza cubierta de azúcar. Al ser la piedra el material preferido del Elfo, las piedras ha elegido para diseñar y construir su casa.

Las manos del Elfo han ido moldeando las formas y los ornamentos perennes. Las columnas que marcan las esquinas son unos troncos de árboles con corteza esculpida en el cemento. Las ventanas captan los rayos reverberantes alumbrando el interior sin permitir a nadie asomarse adentro. Cortinas discretas alejan el exterior del interior. En el tejado, una terraza abre la vista hacia el horizonte inabarcable de los campos burgaleses.

La casa del Gran Gigante surge de la imaginación. Combina lo real con lo surreal. Dos espacios en uno. Asimila una nave espacial. La base se queda en la tierra y la cúpula se despega, volando al universo. Cuando el Elfo se cansa de tanto volar, regresa a casa donde lo espera el Gran Gigante.

La vivienda del Gran Gigante suscita las aventuras de Peter Pan en el bosque tenebroso. La puerta ovalada por la cual giran planetas minúsculos abre el paso al interior redistribuido entre dos plantas. La baja da salida al bosque, la segunda se dirige al cosmos. Entre las piedras se esconden orificios convertidos en ventanucos redondos. Una cálida luz penetra en el interior alumbrando las valiosas piezas repartidas entre las dos plantas. La segunda planta cambia de universo. Se separa de la tierra despegando al cosmos, desvirtuando las dimensiones y las figuras.

Una escalera culebrea hacia el cosmos. La rodea una barandilla de la cual se asoman unas caras que podrían ser los gemelos o los hermanos de los seres que residen en el reino. La cúpula ofrece cobijo a la galaxia  donde se persiguen y  los planetas. El cielo se alcanza con las manos.

Se emprende un recorrido sin inicio ni fin entre cuadros, piezas valiosas, esculturas de madera, piedra, … Los dedos se deslizan por las formas hexagonales, la mente piensa cómo el artista consiguió moldearlas. En algunas figuras se reconocen los rasgos del Elfo, en otras vuelan planetas, o ríen los rostros que espían a través de la barandilla.

Tal vez por causalidad, tal vez no, el estudio en el cual las creaciones cobran vida se sitúa al lado de la cocina. Lo imprescindible, crear y alimentarse, permanece inseparable. Huele a leña y comida hecha hace no tanto. Una sillita de tres patitas aguarda no lejos de la cocina. La madera pulida resplandece de tanto usarla. Las patitas lucen unas incrustaciones acordonadas a la imaginación del niño que las incrustó. El regazo, adaptado a dar comodidad, seduce a sentarse. La sillita sigue acompañando al Elfo y no olvida al niño que un día el Elfo lo fue.

Simples son los utensilios, duros los materiales. Cinceles, pinceles, acrílicos, madera, piedra, cemento… Obedecen a las manos, ya familiarizadas con las heridas y los golpes, acostumbradas al dolor y la piel agrietada. Al final, nada se les resiste. La imaginación se convierte en creaciones. Las creaciones en piezas valiosas. Y el Elfo y el Gran Gigante se transforman en el único artista que son. Salaguti.

Salaguti cautiva con su humildad natural. No presume de éxitos y méritos. De tenerlos, los tiene grandes y aún más grandes, lejos y aún más lejos.

Cuánto se tarda en construir un reino entre lo real y lo surreal, contestaría sin contestar. “Lo he hecho… Entre tanto he ido haciendo otras cosas. De algo hay que vivir”. Si se le insiste, con otra pregunta retórica respondería. La respuesta ya se anticipa. Incita a concentrarse en lo valioso imperecedero.

“Cuando somos pequeños, nos gustaría tener una casa de chocolate. Acostarnos en la cama y comer, comer, comer, rompiendo trozos del techo… ¿Qué ocurriría al final? Nos comeremos la casa… Nos quedaremos sin nada. Pasa a tantos adultos. Aspiran a más, a más, a más… ¿Para qué? ”

Ni se compara, ni con nadie se ha de comparar. Combina lo que pocos pueden combinar. Dibuja, diseña, moldea y construye. Sus obras se encuentran en colecciones privadas, se asoman por las calles de ciudades y plazas, silenciosos permanecen en frente de los altares en iglesias y observan desde las bóvedas de monumentos históricos.

Alinearlo con una corriente artística, mejor no intentarlo. El artista, un autodidacta, se situaría a sí mismo más cerca del vanguardismo. Mejor observar y permitir a la imaginación que decida lo que desee ver. Salaguti lo preferiría. Y lo consentiría, esbozando una sonrisa apenas perceptible. “Pues… Eso será”.

Alguien se ha detenido a investigar la fuente en frente de la entrada de la Casa del Gran Gigante. Una serpiente envuelve el surtidor de agua. Su cúpula asemeja un colmenar redondo por cuyas piqueras en lugar de abejas se escurre el agua. Salaguti capta la curiosidad exploratoria.

“No me gustan nada las serpientes. Por eso la he puesto allí. A ver si se ahoga…”, el artista confiesa el secreto de la fuente.

“A lo mejor un día cuando la serpiente deje de ser serpiente, se transformaría en una caracola que lleva su casita.”, le sugiere Ella.

Salaguti se aleja, observa la fuente y consiente pensativo: “A lo mejor sí, podría cambiar”.

“Y a ti, ¿a qué te parece todo esto? ”, pregunta Salaguti con la mirada indicando el entorno.

“Un reino donde reinan dos ilustres, un Elfo y un Gran Gigante. Una sería la casita del Elfo, y la otra, la del Gran Gigante. El Gran Gigante vigila y custodia, y el Elfo hace los milagros”, contesta Ella. 

No consigue adivinar qué opina Salaguti sobre la ocurrencia. Tampoco se atreve a preguntarlo. Se incomoda entretenerlo más y distraerlo de sus quehaceres. A modo de despedida le da las gracias por haberle permitido robarle algo de la tarde y dejarla husmear en la vida del Reino.

“Aquí no se roba nada. Se ofrece…”, responde con cariño Salaguti.

Ella detiene la mirada en la Casa del Gran Gigante. Hay algo más. Días después descifraría el enigma. La Casa del Gran Gigante se ubica en el cuerpo de una tortuga gigantesca. Una tortuga que concede el nombre a la casa. La Casa de la Tortuga.

La tortuga, un animal centenario y noble que se resiste al tiempo y las adversidades del destino. Símbolo de la paciencia y la sabiduría. Sería una alegoría peculiar con las obras más interesantes de Salaguti que se preservan y exponen bajo el caparazón de la tortuga, “El Mundo”, “La civilización griega”, “El niño y la hoja”…

Alejándose por la carretera, Ella vuelve a pensar en Salaguti. Le habría gustado decirle algo más. Algo que se le escapaba. Ya es consciente de ello. Al cruzar el umbral de la Casa de la Tortuga se comprende que los sueños no tienen límites. Si algo se desea, se ha de perseguir. Si una puerta se cierra, otra se abrirá. En el Reino de Salaguti, Salaguti enseña cómo hacerlo.

“Allí donde están las piedras antes de llegar… Las estoy preparando para hacer algo nuevo. Algo he de hacer”, revela Salaguti. Y lo hará.

Él, Juan Carlos Salazar Gutiérrez, diminuto e ingenioso como un Elfo y con un genio inconmensurable como un Gran Gigante… No se rindió. No traicionó a sus sueños. No se defraudó a sí mismo. Convencido, convenció. El Elfo y el Gran Gigante se unieron. Las primeras cuatro letras de los apellidos se juntaron, un corto nombre crearon. Salaguti.

Salaguti un genuino reino creó. Lo imaginó, diseñó, moldeó y esculpió. Sin límites, ni cánones, ni restricciones. El Reino de Salaguti.

El artista en persona recibe y despide a los visitantes en la Casa de la Tortuga. Reservas previas no se requieren, entradas no se pagan. Horarios de apertura y cierre no tiene. Así de simple, se ha de ir.

Cuando se llega a la Plaza Mayor de la villa de Sasamón, no muy lejos de la Iglesia Santa María La Real, una flecha apenas visible apunta en una dirección. Las pequeñas letras incrustadas en la madera indican “Casa Museo Salaguti, 3 km”.