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El Guardián del Monte de Peña

A lo alto del Monte de Peña, rodeado de árboles frondosos, un monasterio se divisa. Un Guardián del Monte asemeja. Por encima de la llanura se asoma, una ciudad observa. El horizonte el monasterio y la ciudad separa, y el horizonte los dos acerca. El Monasterio de Santa Marina y Guimaraes.

Antaño, el monasterio apenas accesible era. Accederlo desde Guimaraes una caminata dificultosa suponía. Un declive pedregoso a una escalinata solemne conducía. A la puerta de una iglesia se llegaba. La fachada imponente la atención reclamaba, y la puerta a entrar invitaba. A su lado otro portal solemne aguardaba y al interior de un convento encaminaba. Unos pocos el umbral cruzaban, y la intimidad con cautela preservaban. A lo espiritual se dedicaban, y ajenos a lo mundano no del todo eran.

Al anochecer la última misa cerraba el día. En el monasterio el silencio reinaba. Los monjes en el comedor se reunían. El silencio los rumores no interrumpían. Los comensales respeto al plato demostraban. Los movimientos sincronizados de sus manos el ritmo del traqueteo marcaban. El ruido de los cuencos como una melodía nocturna resonaba. Las siluetas reflejadas en las paredes a un ejército enmudecido ante una nueva batalla se asimilaban. Los destellos crepusculares por los azulejos se perseguían, acentuando la realidad de las escenas que las costumbres portuguesas representaban.

La cena se acababa. Los monjes cabizbajos se levantaban. Algunos a los últimos quehaceres en la cantina se dedicaban, otros a las celdas en busca del reposo merecido se retiraban. Con las miradas buenas noches se deseaban. Las puertas de madera pesada empujaban, a solas se quedaban. Las celdas diminutas su propio universo eran, sus secretos y anhelos custodiaban. En invierno el frío soportaban, y en verano el frescor de las piedras buscaban.

Un solo lujo las celdas de los monjes preservaban. La conversadeira con la diminuta ventana donde en el banquito se sentaban y la ciudad  contemplaban.

En los palacios y las casas solariegas de dos banquitos de piedra tallada disponía y a pláticas largas incitaba, por lo cual namoradeira o conversadeira la llamaban. Al lado de la ventana los interlocutores se sentaban, de las bonitas vistas disfrutaban o la intimidad del enamoramiento encontraban.

Los frailes en sus aposentos a otros no admitían, por lo cual la conversadeira de sus celdas sólo un banquito tenía. El único con quien conversaban y a quien lo impronunciable confesaban con ellos sentarse no podía. Desde lo celestial los acompañaba, y con muchos a la vez conversaba.

La conversadeira en un miradouro se había transformado. Cuando en el miradouro los monjes se descansaban, la luna sustituía las velas y las lecturas nocturnas facilitaba. Cuando de leer se cansaban, y conexión con el exterior buscaban, a través de la ventana la ciudad visitaban o el trino de los pájaros y el canturreo monótono de los grillos escuchaban.

Un joven fraile a su celda volvía. Bajo el brazo tomos pesados balanceaba. La  mano libre la puerta abría, y la celda con el sonido familiar lo recibía. Al salir y al entrar, el chirrido lo acompañaba y la soledad menos solitaria le parecía. En la larga galería, la presencia de los otros frailes percibía, y la austeridad más acogedora se le hacía.

Cansado en el banquito frío se sentó. Desde el miradouro el valle recorrió y a la ciudad por un instante se acercó. Un libro grueso en su regazo reposaba. La mano entumecida en una página se había detenido. Los dedos congelados con líneas invisibles el texto subrayaban. Ávido de conocimientos, en los tomos antiguos hurgaba. Los sucesos reivindicaba, en lo olvidado se inmiscuía. A la mañana siguiente, a los alumnos la historia del monasterio en la Montaña de Peña contaría, culturas desconocidas conocerían.

“Si fuese un cuento, con érase una vez comenzaría”, el joven fraile susurraba. El mejor modo de intrigar a los estudiantes encontró. El alma de aquel lugar, al aprendizaje les llevaría.

A la mañana siguiente el fraile en el aula entró. Los alumnos los asientos habían ocupado. Su voz tierna el silencio interrumpió, y la narración comenzó.

El Mosteiro de Santa Marinha da Costa por encima de Guimaraes se alzaba. Del siglo XII databa. La reina Doña Mafalda, la esposa del Don Afonso Henriques, a los monjes seguidores de San Agustín lo regaló. Un voto especial a Santa Marina había consagrado, y en honor de la protectora, lo mandó construir. La leyenda de Marina-Margarita a Guimaraes dedicó, y a los Agustinos la labor facilitó.

El monasterio sobre los restos de un templo antiguo se levantó. Indecisos fueron los historiadores a remontar   su origen. Algunos lo atribuyeron al período de la Reconquista Cristiana a finales del siglo IX. Se seguirían desconociendo los primeros ocupantes. Algunos creerían que antes de la Conquista Árabe existía. Con más exactitud se constataría que de la época tardo-romana databa.

La autenticidad del edificio se acentuaría con los señales representativos de la arqueología románica, que se dispersan por las paredes del claustro. Los indicios conducen al siglo VII cuando las manos de los maestros un libro de documentos vivos por las paredes incrustaron.

Los mozárabes los propios rastros dejaron, algo de su cultura añadieron. Podría haber sido una fortaleza defensiva en las conquistas de Almanzor, que una autoridad absoluta sobre el territorio hispanomusulmán ejercía. Como un testigo eterno de las victorias musulmanas en la Península Ibérica perduraría, y recordaría porqué el apodo del Victorioso a Almanzor otorgaron.

En el ángulo noroeste del claustro, una torre permanecería en los siglos venideros. Con su puerta mozárabe, lo mejor de los mozárabes guardaría y la serenidad de la eternidad transmitiría. El acceso al convento del interior daría. La puerta original en el futuro se preservaría. Con su enorme sobriedad se distinguiría. Por la pureza de las líneas y el buen gusto decorativo, en el monumento mozárabe más perfecto entre los existentes en Portugal se convertiría. En el siglo X unas importantes obras de construcción y fortificación en la región se desarrollarían, el edificio mejorarían.

El turno de los frailes agustinos llegaría. El conjunto del convento ampliarían, cuatro alas adicionales levantarían. La iglesia elevarían, otro claustro añadirían. A los padres Jerónimos lo dejarían. Ellos modificaciones significativas introducirían. Durante el reinado de Don Joao III un colegio de estudios superiores de Teología y Ciencias establecerían. Con la Universidad de Coimbra competiría.

Cuando las clases se acababan, los alumnos del aula salían. Se quedaban observando los preciosos paneles de azulejos blancos con dibujos azules y dorados. Cubrían las paredes y a los monjes acompañaban por la galería larga donde las celdas monacales se situaban. La cotidianidad mundanal en dibujos transcurría, y los dibujos con lo mundano los conectaban.

Las virtudes y los milagros de los Santos aquellas imágenes ilustraban. Escenas guerreras con héroes nada piadosos representaban. La colección más destacada de costumbres portuguesas del siglo 18 ofrecían. Banquetes, pastos, cazas de elefantes y jabalíes, combates, juegos, conciertos, trajes de pesca y decoración del teatro clásico. Se seguían por la escalera de piedra que a la Sala Capitular dirigía, las paredes de la misma Sala vestían y el balcón del Fray Jerónimo adornaban.

El cuento del joven fraile un final no tenía. Acababa donde otros lo continuarían…

Los acontecimientos históricos cambios provocarían, y los inquilinos se cambiarían. Enumerar a todos, tarea ardua sería.

Las adversidades otra función al monasterio asignaron. Un decreto en el siglo XIX al abandono y al olvido lo condenaría. En el siglo XX de las cenizas se levantaría. Y el Monasterio en un edificio de actividades muy distintas se transformaría. Alojamiento seguiría dando, mas a otros inquilinos. En estancias lujosas se hospedarían, y lo espiritual a través del lujo buscarían.

Ya nadie se acuerda de aquel pasado austero. La galería, donde las celdas de los frailes se ubicaban, es un pasillo largo de alfombra roja que a una terraza con una fuente conduce y del cual a los jardines se sale. Los miradouros de los monjes, a su función palaciega han vuelto. Amplias namoradeiras y conversadeiras a sentarse seducen. A gusto de los alojados, vistas a la ciudad ofrecen, o la serenidad del jardín prometen.

La galería, las salas y los salones a un palacio de Don Afonso Henriques se parecen. Cuadros las paredes adornan. Los sofás esperan a que alguien una tertulia organice, o a una cena especial invite. Al lado del claustro un amplio bar las noches solitarias de los inquilinos acompaña, y el piano pide que alguien se atreva a tocarlo. De los espacios comunes, entradas varias al jardín encaminan.

Los mosaicos no están. Unos pocos se han salvado de un incendio desastroso, y en una escalera se esconden.

Las celdas de los frailes estancias lujosas son. Las camas con dosel un reposo placentero ofrecen, y la conversadeira a espiar al exterior tienta. El tañer de las campanas que de la iglesia viene anuncia las horas puntuales y las misas. El despertar acompaña, y el día  despide. La rutina de los frailes evoca.

Los jardines ajenos a la realidad permanecen. Un propio enigma preservan. Aunque unos pocos se lo imaginen, los monjes en jardines preciosos paseaban y conexión con la naturaleza buscaban. Cuesta creerlo cómo la austeridad monacal con el lujo exclusivo de la alta jardinería convivía. Un gozo que los monjes a los ocupantes mundanos siglos más tarde cederían.

Aquellos jardines a la entrada de un bosque frondoso conducen. Un escalera al interior del bosque se adentra y del interior del bosque un parque emerge. Bancos de piedra la fuente hemisférica rodean. En el agua las hojas flotan y las ranas entre ellas se persiguen. Las estatuas, que el hemisferio decoran, a los siglos no han conseguido oponerse. La lluvia, el frío y el viento heridas profundas le han causado. Pacientes la restauración aguardan.

Lo que en aquel bosque faltaba, los maestros portugueses se encargaron de elaborarlo. Una cueva real y nada real por debajo de árboles centuagenarios se esconde. Adentro las estalactitas y las estalagmitas se espían en un intento eterno de alcanzarse y rozarse.

Los restos de canales y acueductos cuentan cómo el monasterio con el agua se abastecía, y de dónde la leña aseguraban para las noches invernales y los hornos de las cocinas.

Los maestros previsibles en un lugar visible en uno de los muros un mensaje grabaron. Al doblar la esquina del edificio, la mirada detendría. Un documento eterno al acceso de todos dejarían. Con escasas palabras desvelaría cuando en el monasterio un centro de estudios importantes había y el estatus de una universidad tenía.

Ante las letras grabadas en la piedra, apenas alguien se detiene. La placa al lado que el texto transcribe la atención de los visitantes casi no atrae.

Donde los monjes agustinos y los frailes Jerónimos a lo espiritual se dedicaban, sus sucesores contemporáneos se pasean. Personas diversas se pierden en el bosque frondoso, y otros entre el laberinto de bojes y rosas prefieren quedarse. En los días de calor, en un extremo de los jardines, una piscina a los bañistas recibe. En un rincón aislado dos columpios el viento mueve, y por disfrutarlos, los pequeños con los menos pequeños compiten.

Los años han transcurrido en el Monte de Peña. El monasterio en la colina ya no existe. Una posada se yergue. Y aunque la posada un alojamiento austero suscita, un hotel de lujo es. La Pousada de Santa Marinha da Costa.

A lo mejor con el nombre modesto un honor a los frailes rindiese, y como el Monasterio de Santa Marinha da Costa  en Guimaraes aún se conoce. El lujo palaciego de la Pousada con el mutismo del Monasterio convive.

El Guardián del Monte de Peña el valle vigila y la historia de Guimaraes a los huéspedes de la lujosa Pousada musita. Y en el crepúsculo, desde una conversadeira, a lo lejos en una muralla unos destellos brillantes se atisban. Con letras grandes otro fragmento del cuento del joven fraile cuentan, “Aqui nasceu Portugal”.