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Ejemplaridad

Cuentan que James Bradley fue el primer astrónomo en medir la velocidad de la luz. Para tal menester tuvo que realizar complicados cálculos basados en el movimiento de la tierra alrededor del sol. Hoy James lo tendría muy fácil simplemente observando el instante que transcurre entre la decisión de un Consejo de Ministros, en el sentido de prohibir la movilidad entre comunidades autónomas, y la inmediata correntía viajera de cualquiera de los miembros de dicho Consejo, saltándose tal prohibición.

En efecto, tan pronto una presidente balear cierra los bares por decreto, como que los cierra por sí misma embarcada en los cantos regionales de un mar de gintonics. La ejemplaridad ha desaparecido.

Si quienes deben dar ejemplo a la ciudadanía han colgado sus hábitos en el perchero de la desidia, el engaño y el egoísmo, mal vamos. Todo empezó con un vicepresidente que no guardó la cuarentena cuando debía y continua con cosmopolitas ministros vestidos de Semana Santa.

¿Turismo de borrachera o borrachera de mentiras? ¿Quién se atreve a animar la responsabilidad de los jóvenes si se ha dejado la suya guardada dentro del vaso de los bolígrafos de su despacho?

La ausencia de civismo de muchos de los jóvenes, y no tan jóvenes, que pueblan las fiestas ilegales en España, no es más que un reflejo de la insensatez de unos y la vileza de otros a la hora de ejecutar sus propias decisiones.

En las futuras reuniones de alchólicos anónimos de Covid-19, me dispondré a aplaudir a todos aquellos gobernantes quienes finalmente desenganchados de la irresponsabilidad de sus actos miren al frente y afirmen: «Me llamo Pablo y soy un mentecato, empecé a mentir en…». ¡Clap, Clap, Clap…!