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Cómo ver una peli de miedo cuando te da mucho miedo

Nunca había sido especialmente fan del género de suspense o de terror. Yo formo parte de ese ejército de niños que de pequeños. Por Carmen Martínez de la Peña.

A Carmen Martínez de la Peña le gustan las películas y las patatas fritas con trufa (lo demás es una tapadera).

Nunca había sido especialmente fan del género de suspense o de terror. Yo formo parte de ese ejército de niños que de pequeños, teníamos que dormir con la famosa lamparita del pasillo encendida para no perder detalle de las sombras que bailaban en la oscuridad de la habitación, generalmente originadas por el viento que agitaba las amenazantes ramas de los árboles de la calle. En aquellos momentos de profunda tensión que precedían al sueño, durante los cuales todos sabíamos que dormirnos podía costarnos la vida, había que aguzar bien todos los sentidos y apretar con fuerza el osito de peluche de turno, único testigo visual de todo lo que estaba sucediendo.

La muñeca a la que tan alegremente habías peinado y vestido durante el día, de repente te miraba amenazante desde la otra punta de la habitación. Y no estabas ya muy segura de sí eras tú la que la habías dejado colocada en la silla, o cuando se hizo la oscuridad, había conseguido arrastrarse por el suelo de la habitación al más puro estilo Rambo, quizás hasta dejando un reguerillo de sangre, y había trepado por las patas de la silla para sentarse y desde allí, mirarte fijamente con cara de odio profundo.

Debido a esta imaginación desbordante, para mí era absolutamente impensable ver las películas de las que me hablaban mis compañeros de colegio en aquella época. Por eso no vi  Poltergeist (Tobe Hooper, 1982), Los Gremlins (Joe Dante, 1984) ni El Muñeco Diabólico (Tom Holland, 1988)  cuando correspondía, sino varios años más tarde. Ya tenía suficiente con lo que me describían mis amigos entre clase y clase, que me obligaba a taparme con las sábanas hasta las orejas, y a repetirme a mí misma que era imposible que la noche anterior hubiera notado que se abría la puerta del armario, y salieran de él las piezas de mi Lego marchando en fila india, en dirección a mi cama.  

Mi relación con el género del suspense y del terror estuvo por todo esto basada en el respeto y la distancia durante muchos años, hasta que en algún momento me di cuenta de que en verdad, me daban más miedo otras cosas, como los zapatos Birkenstock o tener que comerme un hígadoa la plancha. Así que decidí ponerme al día en el género.

Y me las he visto casi todas. Eso sí, como todo en esta vida, tiene truco. Un buen día descubrí el sistema que ahora me permite ver lo que me echen. Ya sé que parece que estoy dando consejos en el Canal de La Tienda en Casa, pero ¡verdaderamente funciona! El tema consiste en eliminar totalmente el sonido de la película cuando se intuye que la cosa puede ponerse fea y volverlo a poner cuando pasa el momento de tensión. Curiosamente y gracias a este sistema, me he dado cuenta de que gran parte del susto está en la música, y no tanto en la imagen. Claro que, para que el sistema funcione, hay que tener permanentemente el mando en la mano, y el dedo índice colocado estratégicamente sobre el botón de mute, pero simplemente apoyado, sin apretar.

Y ahora me estoy leyendo “Alfred Hitchcock Presenta: Cuentos que mi madre nunca me contó”  (Blackie Books). Como cambiamos…