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Cómo recomendar películas de cine clásico a tus amigos y no morir en el intento

A Carmen Martínez de la Peña le gustan las películas y las patatas fritas con trufa (lo demás es una tapadera).

He observado que el grado de resistencia que muestra la gente a la hora de ver una película que recomiendo, es inversamente proporcional a la antigüedad de la misma. La regla es muy sencilla: cuanto más antigua, menos entusiasmo inicial, con independencia del argumento, dirección o plantel de actores.

En efecto para ver con alguien una película anterior a la década de los 90 hay que argumentar, dialogar, y explicar con paciencia y amabilidad por qué la hora y media que se va a invertir en ver el filme va a merecer la pena. Y este trabajo de persuasión se emprende aún a sabiendas de que probablemente no tendremos éxito, ni podremos ser convincentes y que nuestra sugerencia acabará siendo desechada con desdén, como la de ponerse un viejo calcetín roto.

He de reconocer que tras años de entrenamiento he tenido que recurrir a todo tipo de argucias y argumentos a favor del cine denominado “antiguo”, y he desarrollado algunas técnicas convincentes en esta materia. La que mejor funciona suele ser la de buscar paralelismos entre el filme que quiero ver y otros más recientes con frases del tipo “¡pero si la película que te digo es la primera versión del quinto remake que viste el año pasado y que tanto te gustó!”.

A veces también lo consigo despertando cierta curiosidad…“¿Conoces la foto esa de la rubia a la que se le levanta la falda blanca al paso de un vagón de metro? ¡Pues eso es de una peli de Billy Wilder de 1955! “.

Ciertamente, para cuando la persona en cuestión, en un acto de magnanimidad, decide darle una oportunidad a la referida cinta, yo ya estoy agotada y tengo la sensación un tanto absurda de haberme convertido en una vendedora de crece pelo.

Durante el tiempo que dura la película suelo estar un poco tensa y miro de reojo a la persona a la que convencí, sintiéndome culpable y buscando en su rostro alguna señal de aburrimiento, extrañeza, o de ambas cosas a la vez. Incluso me pregunto si al terminar de ver la película, no tendré que preparar unas galletas caseras con un té, para ayudar a pasar el mal trago que le he hecho pasar a la víctima. Aunque he de reconocer que esto realmente, nunca me ha llegado a pasar, sino más bien todo lo contrario.

Cuando acaba la cinta, es raro que me digan que no era buena y suelo escuchar comentarios del estilo “pues me ha gustado más de lo que me esperaba” o el que más me gusta oír… “¿me recomiendas otra?”.

En este arduo camino de convencimiento hay diversos grados de dificultad. Pretender ver una película de los años 50… Complicado… Si es en blanco y negro… Más complicado aún… Cine mudo… Sin comentarios.

En este arduo camino de convencimiento hay diversos grados de dificultad. Pretender ver una película de los años 50… Complicado… Si es en blanco y negro… Más complicado aún… Cine mudo… Sin comentarios. La ausencia de color ya suele provocar reacciones de sorpresa con la consiguiente exclamación del estilo “¿Vaya rollo, no? ¿Por qué no tiene color?”. Lo de ver una en la que los actores gesticulan y hacen que hablan pero no se les oye, eso ya es para nota.

A veces intento explicar que el cine, en su esencia es mudo, porque consiste precisamente en contar historias a través de imágenes. Trato de expresar la maravilla que es Metrópolis (Fritz Lang, 1927) por ejemplo, y lo actual que es en muchos de sus planteamientos, tanto de forma como de fondo. A más de uno he conseguido convencer, y aun me habla…