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Cerrado permanentemente

“¿Sabes que han cerrado los cines Conde Duque de la calle Goya?” Por Carmen Martínez de la Peña.

A Carmen Martínez de la Peña le gustan las películas y las patatas fritas con trufa (lo demás es una tapadera).

Hace unos días, en el transcurso de una conversación informal de esas de café, en las que se habla de lo divino y de lo humano, y que te permiten escuchar lo que te están contando, a la vez que miras de reojo por el ventanal de la cafetería a la señora que va por la calle y a la que se le ha caído un papel al suelo, y no sabes si levantarte de un salto y correr a avisarla… Durante una conversación de esas, de repente y sin previo aviso, me dieron una noticia funesta. “¿Sabes que han cerrado los cines Conde Duque de la calle Goya?”

Durante unos segundos me quedé muda, mirando al vacío, desorientada como si me hubieran dado un golpe en la cabeza. Contesté a la pregunta repitiendo la pregunta. “¿Han cerrado los cines Conde Duque de la calle Goya?” Y tras la respuesta afirmativa que recibí, tragué saliva, me armé de valor, y volví a inquirir… “¿Y qué van a abrir en su lugar?”. “No sé” me contestaron con tono indolente, “alguna de esas tiendas que abundan ahora”.

A partir de ese instante, todo lo que recuerdo de la conversación es una nebulosa. Creo que mi amiga cambió a otro tema que le pareció más interesante, pero yo ya solo la oía como una voz en off muy lejana. En ese momento me perdió, y siguió hablando sola. Porque yo me había ido lejos de allí, y tenía la mente en “Cinema Paradiso” (Guiseppe Tornatore, 1988), película que trata lo que supone para los amantes del cine el cierre de las salas.

De repente, me imaginé desplazándome entre las butacas vacías y desvencijadas del cine Conde Duque, al más puro estilo Totó. Ya me veía en unos meses, teniendo que cruzar de acera cada vez que tuviera que pasar por allí, para no verme obligada a ver el Primark de turno que se habría adueñado del espacio en el que un día se fabricaron los sueños. Seguramente, tendría que comprarme unas grandes gafas de sol oscuras, para ponérmelas al cruzar corriendo a la acera de enfrente, y aderezar así mi conducta errática. Tendría que inventarme una excusa para explicar mi comportamiento. Una manía, quizás, que eso siempre es socorrido.

Realmente no podría volver a pasear nunca más por el barrio con nadie, porque cuando sin previo aviso me emocionara al recordar los cines, además de ponerme las gafas de sol oscuras y cruzar de acera corriendo, tendría que sacar discretamente un pañuelo del bolso para enjugar mis lágrimas, y tendría que contar la verdad, y dar una explicación a mi extraño comportamiento, entre sollozo y sollozo.

Mi amiga no fue consciente de lo que me rondaba la cabeza mientras seguía hablando y el café se iba enfriando. Por suerte, me vino un pensamiento al que agarrarme: “Siempre nos quedará el Cine Doré”.