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Algunos motivos (cinematográficos) por los que vale la pena vivir

El buen cine siempre nos cuenta una gran historia, de esas que cuando aparece en la pantalla la palabra “Fin”, nos hace plantearnos qué podremos hacer con nuestra vida. Por Carmen Martínez de la Peña.

 

 

 

 

A Carmen Martínez de la Peña le gustan las películas y las patatas fritas con trufa (lo demás es una tapadera).

El buen cine siempre nos cuenta una gran historia, de esas que cuando aparece en la pantalla la palabra “Fin”, nos hace plantearnos qué podremos hacer con nuestra vida a partir de ese momento ya que, volver a lo de antes, lo previo a ver la película, se nos antoja completamente trivial y anodino en comparación con lo que acabamos de ver.

Seguir como hasta ahora, ya no es una opción. Son esas historias que nos dejan pegados a la butaca, o al sofá, o a la silla, si es que hemos tenido la osadía de ver la película sentados, y no apoyados sobre un reclinatorio como diría José Luis Garci o mínimamente, de pie.

Pero además de estas grandes historias, el cine también nos hace pequeños regalos. Y al más puro estilo Matrioska, a menudo encontramos dentro de una película, detalles, gestos, miradas, planos, situaciones, igual hasta un calcetín que, en el desarrollo de la propia historia que nos están contando, también tienen esa capacidad de reconciliarnos con el mundo y devolvernos la alegría y la ilusión que nos robó el atasco en el que nos metimos por esa misma mañana.
Estos son, a mi modo de ver algunos de esos tesoros escondidos. Hay más…

1. La raqueta de tenis con la que Jack Lemmon cuela unos espaguetis en El Apartamento (Billy Wilder, 1960)
2. La biblioteca del Profesor Higgins (incluyendo la escalera para llegar a los libros) en My Fair Lady (George Cuckor, 1964)
3. Todos los planos de Audrey Hepburn tocando la guitarra, sentada en el alfeizar de una ventana, con una toalla enroscada sobre la cabeza, en Desayuno con Diamantes (Blake Edwards, 1961)
4. La ducha de Cary Grant con el traje puesto en Charada (Stanley Donen, 1963)
5. El retrato de Gene Thierney en Laura (Otto Preminger, 1944)
6. Escuchar a Dean Martin cantando My rifle, my pony & me, tumbado sobre una cama con el sombrero ladeado en Río Bravo (Howard Hawks, 1959)
7. Katharine Hepburn escalando (y destrozando) el esqueleto de un Brontosaurio, al que le falta la clavícula intercostal, en La fiera de mi niña (Howard Hawks, 1938)
8. El tutorial para hacer autostop que imparte Clark Gable en Sucedió una noche (Frank Capra, 1934)
9. Los ojos de Peter O´Toole en Como robar un millón y… (William Wyler, 1966)
10. La forma en que Grace Kelly va encendiendo las lamparitas del apartamento de James Stewart en La ventana indiscreta (Hitchcock, 1954)
11. Las gafas de pasta negra que lleva William Holden en Encuentro en París (Richard Quine, 1964)
12. La frase con la que termina Con faldas y a lo loco (Billy Wilder, 1963)
13. La bañera Luis XIV que le compra Gary Cooper a su futuro suegro en La octava mujer de Barba Azul (Ernst Lubitsch, 1938)
14. La quiche Lorraine que le preparan a Cary Grant en Atrapa a un Ladrón (Alfred Hitchcock, 1955)
15. Los andares de John Wayne en cualquier película
16. Los mocasines que lleva Deborah Kerr en Página en blanco (Stanely Donen, 1960)