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2 Minutos con… Arantza San Emeterio

Arantza San Emeterio (29 años), original de Castellón, con sangre vasca, afincada en Madrid, tiene el corazón atracado en algún puerto del sur de Mallorca.

Arantza San Emeterio (29 años), original de Castellón, con sangre vasca, afincada en Madrid y con el corazón atracado en algún puerto del sur de Mallorca, es una mujer inquieta que se esfuerza a diario por diseñar la vida que quiere vivir. Periodista de formación y ejecutiva de marketing de profesión, encaminó su carrera hacia la comunicación de moda y ha terminado encontrando su lugar en el Real Estate. ¿Su último proyecto? Su hija. 

¿Cuál es tu concepto de felicidad?
Para mí la felicidad es tener en equilibrio tres famosas patas. La salud -y la de los míos-, algo que siempre he priorizado y que este año ha cobrado especial importancia para todos con la Covid-19. El dinero, no estaría tranquila sin contar con una estabilidad financiera. Y el amor: el que engloba la relación de pareja, la cual juega un papel fundamental en mi vida como apoyo incondicional, y al amor como fuerza que lo mueve todo, es primordial actuar desde el amor y la pasión para que las cosas salgan bien. 
 
¿Cuál es el aspecto que más te desagrada de ti misma?
Soy bastante mandona, es algo en lo que tengo que trabajar. 

¿Quién es la persona viva que más admiras?
Mi madre, sin duda, es mi ejemplo y referente. Admiro su esfuerzo, su bondad, su generosidad, su sencillez y su forma de ver la vida, tiene un sentido del humor con el que alegra la existencia a cualquiera. Qué importante es reírse. 
 
¿Cuál es tu mayor extravagancia?
Tenemos como mascota a una tortuga africana enorme que vive en el salón de casa. Micaela se pasea a sus anchas y no le vale cualquier tipo de lechuga para comer, ella solo come escarola o canónigos que le traen del Mercado Central de Valencia.  

¿Cuál crees que es la virtud que está más sobrevalorada actualmente?
La sinceridad ¡a la cara! Para mí la honestidad es básica en las relaciones personales y laborales, hay que ser sincero con seres queridos y clientes en cualquier caso; no obstante, hay un tipo de “sinceridad sin filtros” que en ocasiones resulta hiriente y que me parece completamente innecesaria. 
 
¿En qué ocasiones recurres a decir una pequeña mentira?
Cuando no quiero coger el teléfono y más tarde devuelvo la llamada acompañada de un pequeña excusa, que quizás tiene un poco más de fantasía que realidad. 
 
¿Qué es lo que menos te gusta de tu aspecto?
Me gusto mucho. Siempre quiero mejorar esto o aquello, pero estoy satisfecha con lo que veo en el espejo. 

¿Cuál es la cualidad que más te gusta de un hombre/mujer?
Pureza en su alma. Me gusta rodearme de gente buena, con quien todo fluye. 
 
¿Qué palabras o frases dices con más frecuencia?
“Esto está lleno de pelos”, “Aquí hay un pelo”, “Mira, ¡pelos!”. Tengo un perro que suelta muchísimo pelo y una fijación incurable. 
 

¿Qué o quién es el gran amor de tu vida?
El padre de mi hija. Pasaron muchos años desde que nos conocimos hasta que empezamos a salir juntos y de lo único de lo que me arrepiento es de haber tardado tanto en tener esa primera cita. Es la mejor persona con quien podría compartir mi vida. 

¿Cuándo y dónde has sido más feliz?
Recuerdo con mucho cariño mi etapa en Londres, aunque siento hay que saber disfrutar de cada etapa de la vida. Ahora mismo soy la persona más feliz del mundo cada vez que mi hija me mira y sonríe, se me cae la baba.

¿Cuál consideras que ha sido tu mayor logro? 
Mi hija. Con lo mal que se me dan las manualidades, esta niña es perfecta. 
 
¿Cuál es tu bien más preciado?
¿Vale repetir? Ella. Y por ir un poco más allá, mi familia.
Si hablamos de algo material, mi móvil. Soy de las que vive pegada a él, ese aparato tiene oro dentro. 
 
¿Cuál es tu afición favorita?
Montar a caballo. Desde siempre y para siempre, la mayor sensación de libertad que he experimentado. 

¿Qué es lo que más valoras de tus amigos?
 Que me apoyan siempre en cada paso que doy, cada decisión que tomo o cada proyecto que empiezo, sea lo que sea. 

¿Quién es tu héroe real?
 Ignacio Echeverría. Me acuerdo de él -sorprendentemente y por raro que suene- casi a diario. Para mí, él debería ser el icono de representación de España y no un deportista (lo siento Rafistas). Ignacio debería dar nombre a calles, a asociaciones y ser parte de las lecciones en los colegios. Poco homenaje se le hace a un hombre que se jugó -y perdió- la vida por intentar salvar a una mujer de un ataque terrorista. 

¿Con qué personaje histórico te identificas?
No me identifico con nadie, pero siento una especial simpatía por Juana la Loca desde que la estudié en el colegio. Una mujer enamorada, que sufría de celos y quien acabó desquiciada por las andaduras de su marido infiel. Y “la loca”, pobre mujer incomprendida, terminó siendo ella, él solamente “hermoso”. Parece que las cosas no han cambiado tanto desde el siglo XV, ¿no?

¿Cuál es tu gran pesar?
No hay nada a mis espaldas que me pese. Soy de perdonar y de perdonarme. Pero sí hay algo que me preocupa y apena enormemente: todo lo que tiene que ver con la pandemia. Me da miedo contagiarme, teniendo la seguridad de que es prácticamente imposible no hacerlo tarde o temprano. Me da mucha lástima no poder ver a mis amigos con más frecuencia y con más contacto. Me entristece no poder viajar hasta el País Vasco, donde vive mi familia paterna. Y me aterra cómo está afectando todo esto a nuestra economía, los negocios que cierran, los alquileres que no se pagan, las ayudas que no llegan y las familias haciendo colas en los bancos de alimentos, llevándonos al 2008. 
 
¿Cómo te gustaría morir?
Tarde, cómoda y sin dolor. Pero sobretodo, tarde. 
 
¿Cuál es tu lema vital?
Nada es tan grave, relativiza.